[dropcap size=big]H[/dropcap]asta entonces la suerte le había dibujado esos senderos y caminos y rostros comunes. Nada extraordinario. Apenas algunos atuendos extravagantes, colores chillantes, combinaciones exóticas; nauseabundos y repulsivos olores, perfumes sudoríficos, fragancias sofocantes; alguna vez la voz punzante de alguna pasajera, o la siempre divertida y confusa gangosidad de un pasajero. Unos días más divertidos; otros, menos. Pero siempre el mismo estilo de peripecias.

Un día, sin embargo, otros signos (unos muy discretos) se introdujeron en ese bosquejo invariable. La tarde del diez de septiembre era espléndida; eran las cinco de la tarde y el cielo empezaba a llenarse de espectros rojizos, violetas, naranjas. Y el viento, era de ese tipo de vientos que no despeinan, que tan sólo rozan los cuerpos y los refrescan. El tránsito: el mismo de siempre, con sus horas favorables y desfavorables, sus momentos livianos y estresantes, con sus avenidas llenas y sus calles vacías.

La mañana había sido de mucho movimiento. Luego las horas relajadas. Los pequeños momentos de descanso. El almuerzo. La locura. La “hora pico”. El descanso. La comida. Las cinco de la tarde. La calle que quedó atrás. La nueva ruta. El próximo, cercano cumpleaños de la linda bebé. El dinero que escasea. La decisión de trabajar un par de horas más. El capricho y deseo de adquirir el regalo, ese que le va a encantar a la nena. La radio. La mano que se estira para solicitar el servicio.

— Buenas tardes. ¿Me puede llevar a San Bartolo por favor?

— Claro que sí — “¡Claro que sí! ¡Pero si queda lejísimos!”

“…una confrontación entre miembros de la sociedad civil deja cuatro heridos en el estado de México, luego de que varias personas se opusieran a…”

— Disculpe, ¿podría dar vuelta a la derecha en la siguiente esquina?

— ¿En esta que viene?

— Sí, en esta. Que si no, luego nos agarra el semáforo y se hace más tarde.

— ¡Sí verdad! Yo no vengo mucho por acá, porque me alejo mucho de la zona donde casi siempre trabajo, pero si usted dice que el semáforo se pone pesado, pus yo le creo. —Miró al retrovisor y sonrió.

“…en el CNDH, la defensa de tus derechos es nuestra razón de ser…” Y de pronto una voz irreconocible, como salida de otro mundo y de otro tiempo, o más bien de este, de este contexto, de la historia de muchos en este contexto de escasez y estrechez, y vivir al día y la desesperación y la necesidad y “…los diputados y las diputadas estamos trabajando para hacer de México un país mejor…” y el fierro frío y negro que se asoma y que apunta y el cuerpo que tiembla y las manos al volante que sudan, y…

¡Aquí te vas a parar cabrón!— la frase que retumba en los oídos, que se vuelve a repetir y que cuesta trabajo comprender— ¡Toma!— me pone en las manos una bolsa de plástico negra— échame todo ahí; todo lo que traigas: celular dinero, joyas, todo; y más vale que te apures o aquí mismo te carga la chingada…

Trato de pensar. No puedo. El fierro me enfría la cabeza, me congela las palabras y me detiene el tiempo. Y mis manos, como movidas por una fuerza mayor y externa que no es la mía, comienzan a poner unos pocos billetes dentro de la bolsa, unas monedas muy circulares, ese reloj con su tic tac que fue el regalo de mi cumpleaños número 35, y el celular que tal vez suene y no pueda ser contestado.

Y, más al frente, el espejo retrovisor y sus ojos bien abiertos, desorbitados, que expulsan bien fuera su adrenalina. Y lo que más me preocupa es su mano temblorosa con la que sostiene la culata. Segundos que parecen horas. Fotografías de toda mi vida corriendo desordenada y arbitrariamente, unas claras y nítidas, otras más bien borrosas, inalcanzables.

Por fin se baja, no sin antes aventarme una rotunda amenaza de muerte. Y la veo alejarse con su falda hasta más abajo de las rodillas, su suéter deshilachado de un azul grisáceo (más bien que ya dañado por los avatares del tiempo), sus cabellos que parecen hilos, como hilos de ese suéter tan feo y, por supuesto, la bolsa negra con las ganancias del día, y el regalo de la nena que no podrá llegar pronto, y el reloj, y el miedo, y el celular, y la llamada perdida y una nueva oportunidad y el escenario tan ridículo del que acababa de ser protagonista, y ella caminando con la bolsa que parece que le pesa y la encorva, y su fragilidad y su rudeza juntas, y la nueva ruta.

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