“Es posible un mundo con una humanidad mejor.                            Tal vez hoy la primera tarea sea salvar la vida.”
José Mújica.

“La sustentabilidad en sí misma no es un beneficio,
                       y por lo tanto no vende si es lo único que se ofrece.”                      The Guardian, 20 de mayo de 2014.

Desde hace algunas décadas términos como desarrollo sostenible o sustentable y sustentabilidad figuran en la agenda de distintos gobiernos e, incluso, de organismos internacionales. La Conferencia de Naciones Unidas de Medio Ambiente y Desarrollo de 1992, realizada en Río de Janeiro, Brasil; la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible de 2002 en Johannesburgo y la Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (UNCSD), o Rio+20, llevada a cabo hace dos años en la misma ciudad brasileña son algunos ejemplos notables de los intentos por incluir el cuidado del medio ambiente junto al desarrollo económico e industrial de los países, además de contemplar el aspecto social en la “infalible” estrategia (hasta ahora no lograda).

capitalismoSin embargo, las buenas intenciones se han visto rebasadas en la práctica. De hecho, casi nunca se han concretado los objetivos acordados en cada una de las reuniones con dichos fines, los protocolos no se han respetado (ni siquiera por sus principales impulsores[1]) y, en general, se encuentran los mecanismos para evadirlos.[2] Mientras que en la realidad, siguen sucediendo catástrofes ambientales.

Por otra parte, aunque bajo esta misma lógica, actualmente se habla de capitalismo verde como uno de las principales estrategias para contrarrestar el irreversible daño en el ambiente, no obstante ante tal panorama se abren diversas interrogantes, por ejemplo: ¿cómo conciliar el capitalismo con lo que se ha denominado sustentabilidad o desarrollo sostenible? En un sistema en el cual el modelo es la explotación (de recursos naturales y, lo que cínicamente se nombra, capital humano), ¿es posible lograrla, más allá de enunciar esta conciliación o compatibilidad? Como ya se ha dicho: “El capital verde no es la solución a los graves problemas ambientales y mucho menos a la creciente desigualdad. Es una justificación ideológica a la necesidad de asegurar la continuidad de una relación social de explotación clasista.”[3]

Así es, el uso de este discurso no es más que uno de los mecanismos de autoconservación del capitalismo en su fase neoliberal actual. Las recetas mágicas para contrarrestar la devastación ambiental no existen, pese a que sean promovidas desde distintos frentes gubernamentales y organismos como la ONU, principalmente, lo cual resulta contraproducente si realmente se busca disminuir el impacto de las actividades del ser humano en el medio ambiente y encontrar el tan anhelado desarrollo sostenible,[4] cuyo principal reto al apelar a este término es evitar relativizarlo al intentar llevar a cabo un plan bajo su enfoque, ya que “en muchos casos el concepto se pierde en un alegato político y demagógico que no logra que se ponga en práctica y sólo queda reducido a algún discurso para crear una relación clientelar entre las clases sociales vulnerables y las elites del poder, que se dicen los impulsores del desarrollo sustentable o sostenible y del progreso en nuestro país.”[5]

Y, no obstante, es urgente y necesario poner en práctica medidas que permitan evitar un mayor deterioro del medio ambiente al llevar a cabo nuestras diferentes actividades cotidianas. Sería más fácil si se contara con acuerdos político-económicos y socialmente realizables, factibles en su instrumentación, cuyo principal objetivo fuera el cuidado del ambiente y sus habitantes. Los intentos por lograrlo hasta ahora han fracasado y ha sido así, entre otros elementos, por el negocio en que se ha convertido la búsqueda del equilibrio entre el cuidado de la naturaleza y la realización de actividades económicas. La comercialización del concepto de desarrollo sustentable (aún abstracto y vago) es un impedimento para que éste pueda ser llevado acabo con tintes sociales y humanos, de protección a la vida natural y social y no de determinado estilo de vida que invade y asfixia todo: el capitalismo, aunque éste intente vestirse de verde.

dearroloo sotenible y hambre

Ejemplo de lo anterior lo encontramos en distintas empresas que se han dado a la tarea de promover una imagen verde de sus clientes a través de marketing que construye imágenes poco realistas de los productos y servicios que se ofrecen. Según lo enuncia una especie de manual para publicistas:

Los productos deben cumplir con las principales expectativas del público, como precio, conveniencia, durabilidad y eficacia. El éxito se logra cuando la gente puede mantener su estilo de vida y tener impactos positivos en el ambiente y la sociedad a través de productos verdes que son coherentes con la historia de la marca.[6]

En primera instancia lo que se busca es la ganancia y, en segundo plano, el cuidado ambiental. O la manera en que muchas empresas de talante mundial cambian el material de sus empaques, sin modificar sus prácticas en el uso de la mano de obra, el control de sus desechos y el uso apropiado de los recursos que utiliza.[7] Por otra parte, el discurso de lo ambiental ha sido utilizado por diferentes países para instrumentar medidas con implicaciones también económicas. Un caso que podría resultarnos conocido es la ley del hoy no circula sabatino que el gobierno del Distrito Federal puso en marcha el mes pasado. Con la cual, además de reactivar la industria automotriz del país (dado el bajo índice de adquisiciones de autos), se busca (o eso se dijo oficialmente) bajar las emisiones de CO2 en la ciudad.[8]

En suma, existen pocas vías por las cuales se pueda llegar a un sano equilibrio entre el cuidado ambiental y la puesta en práctica de nuestras actividades, sin embargo no llegarán desde las propuestas gubernamentales o desde la inversión privada. Es mucho más factible que sean los propios integrantes de la sociedad quienes asuman tal responsabilidad y, por qué no, el logro a mediano y largo plazo, pues parece que se nos está pasando la factura de nuestra negligencia y resulta ser necesario modificar nuestro estilo de vida y crearnos una conciencia ecológica.[9]

 

[1] Japón, por ejemplo, es uno de los principales países que consume más recursos de aquellos que es capaz de renovar y, sin embargo, ha sido uno de los principales promotores del Protocolo de Kioto, ratificado en 2005. En dicho Protocolo, se plantea el compromiso de ciertos países (entre los cuales Estados Unidos no figura, dado que se negó a firmar la ratificación y pese a que es uno de los principales países contaminantes), por reducir sus emisiones de seis gases de efecto invernadero.

[2] Cómo llevar a cabo lo que se planteó en los distintos documentos, producto de estas reuniones, si en sí mismas albergan una serie de antagonismos insalvables. Por ejemplo, el Convenio Internacional sobre Biodiversidad (no es que éste sea un manual sobre cómo proteger la vida en el planeta) pareciera haberse olvidado cuando se mira la creciente tendencia de volver transgénicos diversos tipos de cereales, vegetales, etc. O la clara violación del Principio 5 de la Declaración de Estocolmo: “Los recursos no renovables de la tierra deben emplearse de forma que se evite el peligro de su futuro agotamiento y se asegure que toda la humanidad comparte los beneficios de tal empleo”. Sí, en un mundo donde impera un sistema como en el que vivimos, este tipo de regulaciones resultan obsoletas e inoperables y, no obstante, aún se sostiene/enuncia este discurso.

[3] Alejandro Nadal, “Qué es el capitalismo verde”, en La Jornada, 14 de mayo de 2014. En línea: http://www.jornada.unam.mx/2014/05/14/opinion/032a1eco Consultado el 18 de agosto de 2014.

[4] No hay, propiamente, una definición de este término. Sin embargo, de las más completas e incluyentes lo refieren como: “El proceso de cambio continuo de aplicación local, regional o global que responde a objetivos y metas universales de transformación social apropiada, para satisfacer las necesidades de bienes y servicios de una población o conjunto de poblaciones, por tiempo indefinido, sin degradar irreversiblemente la capacidad productiva de la tierra, el patrimonio natural y su habilidad para mantener la población de un lugar”. Vid., Ignacio Quiroz Bartolo, Silvia del Amo Rodríguez y José María Ramos Prado, “Desarrollo sustentable, ¿Discurso político o necesidad urgente?”, en La Ciencia y el hombre, volumen XXIV, núm. 3, septiembre-diciembre de 2011. En línea: http://www.uv.mx/cienciahombre/revistae/vol24num3/articulos/desarrollo/ Consultado el 18 de agosto de 2014.

[5] Idem.

[6] “10 lecciones para el marketing de productos verdes”, en Expok. Comunicación de RSE y Sustentabilidad. En línea: http://www.expoknews.com/10-lecciones-para-el-marketing-de-productos-verdes/ Consultado el 19 de agosto de 2014.

[6] Por ejemplo Dell, Colgate Palmolive, Tom’s of Maine

[7] Enrique Galván Ochoa, “Dinero”, en La Jornada, 26 de junio de 2014. En línea: http://www.jornada.unam.mx/2014/06/26/opinion/006o1eco Consultado el 20 de agosto de 2014.

[8] Vid., “Según el cálculo de los ambientalistas, hoy se alcanzó el ‘Día del Exceso de la Tierra’”, en Infonews, 19 de agosto de 2014. En línea: http://www.infonews.com/2014/08/19/sociedad-158194-segun-el-calculo-de-los-ambientalistas-hoy-se-alcanzo-el-dia-del-exceso-de-la-tierra.php Consultado el 20 de agosto de 2014. Y también: “En 2050 los humanos consumirán recursos de tres planetas”, en La Jornada, 20 de agosto de 2014. En línea: http://www.jornada.unam.mx/2014/08/20/ciencias/a03n1cie Consultado el 20 de agosto de 2014.

 

 

 

 

 

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