[dropcap size=small]L[/dropcap]a mañana tenía los ojos abiertos con los estridentes de los árboles. Éstos señalaban con sus ramas secas y sus pocas hojas el cielo plomizo. Parecían reclamarle su poca fortuna. Una parvada de pájaros negros volaba encima de ellos en círculos, cantando. Se quebraba su sonido con su aleteo. Se quebraban sus voces con la estridencia de los árboles y la soberbia del fondo del cielo se alzaba y se encimaba en todos los cuerpos. Una grieta era la luz, parecía que se deshacía con los cuerpos que comenzaban a caminar por la calle. Una pequeña partícula de la luz se reflejaba en los cuerpos.

Lucía veía todo borroso aquella mañana. Se asomó a su ventana. Parpadeaban las luces de un coche. Se bajó una mujer de piernas delgadas. Cerró la puerta y aceleró el auto. Era Sofía, reconoció la cara que estaba en la ventana. Hizo un movimiento con la mano. Lucía contestó sin muchas ganas.

El vidrio de su ventana le pareció de pronto más grueso, como si quisiera reventarse, como si quisiera cortar en varios pedazos su rostro. Lucía pensó que se trataba del frío de aquella mañana. Cerró las cortinas. No lo entendía, se sentía sucia, como si su cuerpo se hubiera llenado de pronto de una suciedad que no tenía explicación; se lavó los dientes varias veces, encontrando cada vez menos agradable su aliento. Se bañó, utilizó el jabón que le compró a Lorena en el catálogo. Utilizó el shampoo que anuncian en la televisión. Lucía era la misma, la misma con su ropa vieja y su maquillaje barato. La misma que salía por las mañanas sintiéndose sucia y vendiendo su maquillaje de casa en casa y que de vez en vez salía con los esposos de otras y se acostaba con ellos durante una semana. La misma a la que nunca vuelven a llamar, la misma con la que los esposos hablan mal de sus mujeres.

Lucía pensaba que era curioso que sólo recordara a sus amantes mirándose al espejo, arreglándose el cuello de la camisa mientras una gota de sudor resbalaba por su piel. Lucía pensaba entonces en su ventana, pensaba en toda la gente que veía a diario. Pensaba en la pareja que se abrazaba sólo por un par de minutos y se separaba despidiéndose de la forma más indiferente posible, como si se escondieran. Ella con un abrigo viejo, heredado quizás, el cabello teñido de rubio con una risa roja y ojos desgastados por el uso constante de rímel corriente; él tenía su chamarra de un azul imposible, cabello corto al estilo militar, pantalones viejos de mezclilla (quizás era un trabajador de una de las pocas fábricas que quedaban en la ciudad). Regresaban entonces a los esqueletos grises de concreto donde dormían. Tomaban un baño y salían de nuevo para irse a trabajar. Eran vecinos y simulaban no conocerse. Lucía los había visto en el mismo hotel hacía tres semanas. Cuando llegaron al metro apenas se tomaron las manos, como si en ese momento dejaran en ellas la suerte de sus caricias, quizás una historia que desaparecería apenas tocaran los tubos sucios del metro y de los camiones, apenas tocaran el dinero, los siguientes apretones de manos, lo que cocinarían más tarde, las llamadas telefónicas en las que quedarían de acuerdo para salir una vez más.

Ellos siempre pagaban. Salían antes, solos. Lucia salía después. El aire caminaba a la par de los pasos de Lucía. Se detuvo en el puente y encendió un cigarro. A los autos se los comía un túnel. Apenas parpadeaban y eran devorados sin que se dieran cuenta. Ya no eran los mismos cuando salían, el polvo les había devorado algo, les había quebrado sus cristales.

Lucía pensaba en la llamada que nunca llegaba mientras aventaba la ceniza hacia abajo. Andrés quizás olvidó el número de teléfono. El metro pasaba debajo de sus pies y los hacía temblar. El frío calaba sus tobillos pues el viento no esperó su paso, como si le reclamara. Pero ella renunciaba a marcharse sin haber visto la cara de Andrés. Por aquél metro siempre llegaba. Buscaba entre las caras que salían de esa boca sucia. En todas veía espejos que reflejaban la de Andrés. Era desesperante, sus ojos iban de un lugar a otro, en todos lo veía y ninguno era, deseó que su cuerpo se partiera y buscara en distintos lugares, deseó que su cara se hiciera en muchas y que sus ojos fueran los mismos que los de la noche para repartirse el espacio y encontrarlo, deseó no estar sola, deseó no estar acompañada por los hombres de siempre, deseó nunca haber venido, deseó haber nacido en otro lugar, deseó salir de la ciudad, deseó nunca haberlo conocido. Los motores de los coches aceleraban y eran indiferentes a ella, a Andrés, a su trabajo, a los amantes del parque.

La indiferencia y la velocidad del andar de la gente eran lo común. Todos con sus caras pálidas deseando lo mismo que Lucía. Apenas si se miraban entre sí. Todos encerrados en sí mismos con sus audífonos y celulares, hasta los niños. Su vida privada era más importante. Caminaban dos vendedores de churros entre la gente, de seguro tienen 20 años pensó Lucía, reían y se tapaban la boca para que no dijeran una mala palabra, tal vez no mala sino olvidada, pues los labios les temblaban, tal vez sólo porque tenían frío.

Las luces de los puestos de la calle le sonrieron, otras sólo le guiñaban los ojos; varias canciones sonaban a la vez, apenas segundos de ellas se distinguían, pero cortaban las que Lucía comenzaba a cantar. Quiso irse, quiso regresar a su cama y desnudarse frente a la ventana para que el vecino la viera. Un anciano le pidió un cigarro, el aliento alcohólico penetró su ropa y su nariz, se lo dio y lo encendió, el viejo comenzó a hablar de Zapata, le aseguró que él lo había matado, le dijo que ella también lo había matado y que todos éramos culpables, murmuró una bendición y jaló fuerte el humo del cigarro. Los que vendían churros se burlaron mirándose entre sí, como si acabaran de compartir un secreto. La luz seguía viva en los puestos del metro pero no en la casa de Lucía, ya no quería irse. Sin que lo quisiera tomó sus cosas y comenzó a caminar. No soportaba la manera en la que se le dejaban caer las palabras, crudas, sin anestesia. Arrancó un camión y su sombra de humo se fue con él. La pobreza arrastraba una sombra de violencia y de tristeza, una tristeza que Lucía no comprendía.

El gris del cielo le recordaba las canas de su padre. El viento las movía. Abrió las puertas de su casa. Encendió una veladora. Tembló la luz y se apagó. La volvió a encender. Seguía temblando, se dio cuenta que la ventana estaba abierta y la cerró. La luz se levantaba y gruñía. Volvió a apagarse. Lucía se sentía cansada. Sus pies le parecieron más pesados, quería dormir. Con un esfuerzo extraordinario que no supo de dónde vino, se levantó y encendió de nuevo su veladora. Hizo a un lado el vaso de agua, pensado en que el agua robaría el calor de la luz y quebraría el vaso.

Pero de nuevo se sentía sucia. Tomó la toalla y se miró al espejo. La luz se fue. Sólo brillaba la luz de la vela. De pronto apareció la cara de su padre. Un hombre de cara seria, bigote delgado y cabello ondulado. Detrás, un fondo consumido por la luz del sol, en el que se pondría bajo cualquier circunstancia, que no pertenecía a ningún lugar de la ciudad, un bosque falso, quizás de Yellowstone. El hombre intentaba decir algo. No podía, ni tan siquiera parecía capaz de mirar de frente, se notaba la obligación del camarógrafo por hacerlo ver a la cámara. Al lado, un cuadro que había traído Andrés: una mariposa negra encerrada en una jaula. “Para que la mala suerte se quede encerrada” le decía todas las noches. “Por lo menos podrías ponerla en otro lugar”. “Pero el viejo no es celoso, que tal y hasta le va mejor al cabrón.” No le gustaban las bromas de Andrés, ni siquiera le gustaba del todo Andrés. Si pensaba un poco más en ello se volveríaloca.

Se buscó en el espejo, pero no encontró lo que buscaba. Siempre pasaba lo mismo cuando miraba sus fotografías. Aparecía simplemente otra. Otra que no le gustaba, otra que pensaba que no era ella. Por eso no le gustaban las fotografías a los de su familia. De pronto se acordaban que ellos no eran como se habían imaginado. Dejó la luz prendida, no escuchaba el gruñido de sus aparatos.

Nunca había imaginado verse de esa manera. Nunca pensó que podría comprarse zapatos como aquellos. Nunca pensó comprarse toda la ropa que traía. Por eso se había salido de su casa cuando apenas tenía 17 años. Apenas dos vestidos y un par de zapatos viejos. Llegó a la casa de su cuñada. La pusieron a lavar ropa y trastes. El lavadero estaba a unos pasos de un baño improvisado. Dos pedazos de madera eran las bases del lavadero, se tambaleaban a cada movimiento de Lucía. Un bote gastado de fierro era la pileta de la casa. Caían pequeños chorros de agua que cantaban. Reflejaban la cara de Lucía. Lucía se encontraba y recordaba a su padre golpeando a los demás: la luz amarilla del foco se burlaba de ellos y sus colores pálidos. Lucía agarraba bandejas de agua y las azotaba de nuevo en la pileta. “Ya te ganaste tu comida”, le decía su cuñada mientras la hacía saltar por el plato de arroz.

Lucía despertó, pues sentía la cabeza caliente. De nuevo la veladora se había apagado. El cuarto estaba otra vez a oscuras. La noche respiraba tranquila. Cabalgaba sola, ninguna nube la acompañaba. Un coche blanco se estacionó, tocó el claxon y después salió Sofía. Vio a Lucía en la ventana, ahora no la saludó. Lucía sí. Sus piernas delgadas se metieron de nuevo al carro. Cerróla puerta y se encendieron las luces. Se apagaron de nuevo y el motor volvió a gruñir. Se encendieron.

El cielo se partía en dos. Parecía que ahora aceptaba los reclamos de las puntas secas y vacías de los árboles. Era diciembre. Pronto se cumplirían dos meses de la partida de Andrés y cinco años de la muerte de su padre. El cielo y Lucía se acababan de quebrar de nuevo.

 

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