La voluntad, como valor, significa saber lo que se quiere o hacia dónde va y está conformado de tres ingredientes asociados que la configuran en un todo:

1. Disposición. La disposición es parte de la estructura mental de los individuos, es la guía para determinar sus acciones. Constituye una primera fase, que puede verse interrumpida por circunstancias del entorno.

2. Determinación. Evaluación de la meta pretendida, aclaración y esclarecimiento de lo que uno quiere.

3. Acción. Es ponernos en marcha en busca de aquello que se quiere.

Es importante hacer una distinción importante entre las palabras querer y desear.
Desear es pretender algo desde lo afectivo, lo sentimental, como un meteorito pero que no deja huella, pues pronto deteriora la ilusión que ha provocado en nosotros; querer es aspirar a una cosa anteponiendo la voluntad, es lo que te mantiene enfocado a tu meta. El deseo se manifiesta en el plano emocional y el querer en el de la voluntad; el primero se da en la adolescencia con mucha frecuencia y por lo general no conduce a nada o a casi nada; el segundo se da, con la madurez y se materializa; tiene capacidad de conducir a la meta mediante ejercicios específicos que se proyectan en esa dirección.

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“Voluntad es determinación”

Saber el objetivo que aspiramos. Cuando queremos algo, debemos de tener muy en claro cómo vamos a lograrlo trazando un plan estratégico. El adolescente que aún no está acostumbrado a ceder y continua sin un plan que lo guie, “no sabe decir no”, quiere realizar demasiadas cosas y se dispersa, y “la dispersión es la mejor manera de no avanzar por pérdida de energías”. En cambio, cuando ya se tiene cierta madurez, se es capaz de realizar un plan para concretar de forma clara lo que pretende. Aclarando que no es lo mismo hacer un plan para estudiar en una época cercana a los exámenes, que intentar ser más ordenado, etc.

“El hombre no puede vivir sin ilusiones, ni motivaciones”.

La motivación constituye parte importante de la voluntad, ya que incita a luchar por conseguir esa meta lejana pero alcanzable, es importante proponernos objetivos bien claros y que se puedan logran en un plazo corto o mediano, que estos a su vez nos llevaran a una meta a largo plazo, si nos proponemos objetivos efímeros no podremos llegar a estos y nos desilusionaremos fácilmente. K. B. Madsen, menciona algunos tipos de motivación:

A. Las biológicas y materialistas. Son la sexualidad y lo que de ella se deriva, los placeres básicos como el comer, dormir, tener sexo, el bienestar por sí mismo.
B. Las psicológicas. Centradas en el cambio de conducta y la personalidad.
C. Las sociales. Pertenecer a un grupo.
D. Las culturales. Son las referentes a lo espiritual y los valores.

Estar motivado significa tener una representación anticipada de la meta, lo cual arrastra a la acción. De ahí surge gran parte del proyecto personal que cada persona debe tener.

Lo ideal es tener un modelo de identidad a seguir, es decir una persona a quien imitar, alguien que nos resulta interesante, fascinante, con fuerza y nos llama la atención por ese algo que es el punto de partida hacia nuestro cambio interno que a su vez es un cambio externo.

“La voluntad es un acto intencional, de inclinarse o dirigirse hacia algo, y un factor importante es: la decisión”.

Tomate unos minutos para pensarte y hacer una evaluación de este año, es importante saber que aprendiste tanto de tus éxitos como de tus errores. ¿Tuviste la voluntad, la energía para alcanzar las metas que te propusiste el año pasado? ¿Y qué te motiva para lograr tus objetivos el siguiente año? ¿Ya tienes un modelo a seguir para cambiar esos hábitos que no te ayudan a tener una vida más feliz?

El hombre maduro sabe trazarse objetivos concretos en su vida, pocos pero bien establecidos y pone todo el empeño en alcanzarlos.

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