A Gabriel, quien me enseñó a andar en bicicleta   

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Jajajaja sí tienes razón, aquella ocasión fue muy grata. Me acuerdo la primera vez que trabajé, y eso fue por iniciativa tuya. Me dijiste que me durmiera temprano porque nos iríamos en la madrugada. Me despertaste a las tres en punto y hacía mucho frío. Nos fuimos luego luego y tomamos un taxi. Nunca había visto el cielo de madrugada, las estrellas brillaban y me daba la impresión de que prendían y apagaban al verlas, como si fuera un juego absurdo que sólo yo y ellas podíamos entender. Llegamos al molino antes de las cuatro y abriste la cortina, yo sólo observaba, curioso y a la expectativa de lo que vendría. Me dijiste que llevara una playera vieja y un pantalón desgastado porque me iba a ensuciar, y yo, muy crédulo lo hice. Me cambié en el baño, situado en la parte más escondida y con  obstáculos que puede tener un lugar de trabajo. Al salir, las estrellas seguían jugando conmigo, o yo con ellas, o a la vez uno con otro. Regresé en pocos minutos y el ruido ensordecedor arruinó mi pasividad y me quitó el sueño. El molino comenzaba a funcionar, la llave del agua ya estaba abierta, y las piedras esperaban pacientemente para triturar el nixtamal hirviendo.

Tengo que aceptarlo, se veía muy fácil y creí que no representaba reto alguno para mí, pero minutos después supe que no era así. En unos años supe que ese modelo de molino era muy viejo, anticuado e incómodo, porque este molino te exigía flexionar tu cadera y tu cuerpo para recoger la masa que se almacenaba en un recipiente enorme de metal, lo que implicaba un trabajo aún mayor. El modelo de molino más reciente que conocí no hacía tanto ruido y el recipiente se situaba a la altura de la cintura, lo que ahorraba un poco de esfuerzo humano. Por eso tus dolores constantes de espalda.

Me mostraste lo fácil que era levantar una bola de masa de diez o quince kilos y colocarla sobre el mostrador y me incitaste a que lo intentara. Lo hice. Pero el resultado fue muy distinto. Ilusamente pensé que podría tener la misma fuerza que tú, aun a sabiendas de que mi edad era de siete años y la tuya me superaba por varias décadas. Mis manos limpias comenzaron a moldear la masa, aunque a mi parecer, tuve la impresión de estar moldeando brazas. Cuando tuve una bola que contenía el trabajo de unos dos minutos quise levantarla y no pude. El peso era insoportable y me sugeriste seccionarla en dos. Eso hice. Mi rostro comenzó a sudar y por fin pude colocar la masa en la báscula. La aventé, mejor dicho, me había quemado las manos y mis antebrazos estaban rojos por la alta temperatura. Soplé y soplé pero no funcionaba, entonces me dijiste que se me pasaría en unos segundos esa sensación, que el viento se la llevaría. Te hice caso y así sucedió. ¿Te acuerdas?

Más tarde desayunamos, porque a pesar de que el día comenzaba, yo ya no podía continuar. A veces me lamento por ello, pero…

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La cita acordada fue para un domingo, el más cercano al 9 de diciembre. Ese día Jorge salió a las 7 de la mañana de su casa, tenía mucho frío y consideró la posibilidad de regresar y descansar en su cama, pero una promesa era una promesa y debía cumplirla. La central camionera de Observatorio le quedaba a una hora de distancia de su hogar pero, al ir escuchando música en el metro, el viaje le pareció muy breve. Se acercó a la taquilla y pidió un boleto para Ixtlahuaca, pagó con un billete de 50 pesos y guardó el cambio sin importarle la cantidad. En el andén, Jorge esperaba pacientemente a que su reloj marcara las 9:30 para abordar el autobús que lo llevaría a su destino. Sus manos sudaban ligeramente a causa de la ansiedad que le producían las citas, pese a que aparentemente guardaba la calma y conservaba el control de la situación, o por lo menos, así lo pensaba él.

Jorge entregó su boleto y por fin subió al autobús. No llevaba equipaje porque el viaje sería breve y regresaría ese mismo día antes del anochecer. Ya sentado, en el asiento de la ventanilla miró con gran entusiasmo los diferentes paisajes que le sugerían ideas completamente distintas y llenas de imaginación. Él intentó interpretar los paisajes e hilarlos, de tal forma que se presentaran ante sí mismo como una sucesión lógica de elementos históricos y geológicos. La historia que construyó le exigió mucha concentración. Veía las ruinas de la ciudad, invisibles para los demás, pero evidentes para él, y las pensaba como el fracaso de una época, de un momento, y la extensión de esas ruinas era la extensión del fracaso disfrazado que continuaría expandiéndose hasta cubrir y llenar de ruinas los campos, y así sucesivamente. Se horrorizó un instante, sus pupilas se dilataron y entonces, el chofer le dijo que habían llegado, que bajara.

Compró una botella de tequila, su bebida favorita, y después tomó un taxi que le cobró 30 pesos hasta el pueblo de Santo Domingo de Guzmán, se bajó en la cancha de fútbol, única referencia que Jorge conservaba en su memoria desde la infancia.

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¿Te acuerdas de mi bicicleta? Tenía 5 años y ese día descansaste, me veías dar vueltas y vueltas por el patio y dijiste que no sabía andar en bicicleta. Me sorprendí y cuestioné tu afirmación. Contentaste casi indignado que no sabía porque tenía llantitas traseras y que eso no era saber usar una bicicleta. Entonces me enojé y te dije que las quitaras, me retaste con la mirada y fuiste por el perico. Cuando habías terminado me sonreíste como aliviado y me entregaste la bicicleta. Me subí en ella y a los pocos metros me caí, mi cara se impactó con el piso y mi mejilla se raspó ligeramente, entonces rompí en llanto y me levantaste enojado. Levantaste también la bicicleta, limpiaste mi sangre con tu pañuelo rojo y me abrazaste. Me incitaste, pese al llanto, a continuar y lo volví a intentar. Ese día me caí tres veces, pero me enseñaste a andar en bicicleta.

Hay un pequeño silencio y Jorge bebe directamente de la botella de tequila, en sus ojos se puede apreciar la nostalgia que embarga también a sus palabras. Unos segundos después se puede observar cómo se deslizan por su rostro tristemente, las lágrimas, suspira un segundo y vierte un chorro de tequila sobre un pequeño montón de tierra y polvo.

¿Recuerdas cuando me llevaste a jugar fútbol, o más bien, cuando me llevabas a los entrenamientos? No era regularmente porque el trabajo te lo impedía, pero cuando podías me llevabas. Lo chistoso era cómo me llevabas en la bicicleta que una vez me gané en un sorteo. Le pusiste diablos, y pese a ser pequeña, me llevabas con gran velocidad hasta el campo. Ahí, esperabas casi dos horas a que terminara la sesión, luego me dabas mi chamarra y nos íbamos a la casa con mayor tranquilidad.

La temperatura comienza a descender y a lo lejos se ven los últimos rayos del sol en una lucha constante por no desaparecer, los grillos cantan con tristeza y parecen tener empatía con Jorge, quien bebe los últimos tragos de alcohol y llora nostálgicamente. Una vez más le da un trago de alcohol a la tierra. A lo lejos se ve un hombre acercarse con paso lento…

También me llevaste a Velódromo y conocí las canchas donde jugaste cuando eras joven. Me puse de portero y tiraste muchas veces, casi todos los tiros entraban a la portería porque ésta era enorme. Nos divertimos mucho aquella vez.

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—Disculpe joven, estamos a punto de cerrar, son casi las siete y es domingo— le dice un hombre maduro a Jorge.

—Sí, de acuerdo, sólo me despido— le responde con pesadez.

—Bien, lo espero en la salida para cerrar— e inmediatamente se aleja el hombre silbando.

Jorge se levanta aturdido por el alcohol, sigue llorando y se despide con la promesa de volver pronto. Camina con lentitud, como no queriendo partir, sus lágrimas no cesan. Al llegar a la puerta, se despide del velador con amabilidad. Por fin Jorge abandona el panteón y su figura recorre la carretera, en unos minutos más, su humanidad se perderá en la oscuridad porque ése día no habrá luna. Bebe el último trago de tequila y camina y llora, y camina y recuerda.

 

Conoce a Los Heraldos Negros 

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