El despojo

El despojo

Por Elena Mandel

Aire entrecortado,

era el grito de silencio.

Ya éramos polvo.

 

Uno a uno, envueltos, entrelazados, nos despojábamos de la tibieza de dos extraños.

 

El máximo acto de grandeza

escenificado debajo de nuestra silueta;

allá lo eterno y finito,

empujándose uno a otro,

como una lucha del recuerdo.

Mis manos en el corazón y sus brazos como alas,

abriéndose,

abrazando la fugacidad.

Nos extendíamos,

habitándolo todo con nuestra carne

que descendía con un vaivén caótico.

La calma se hizo como la misma creación.

Ante nosotros,

los contornos de la tierra se desplegaban,

mostraban su sabia inconmutabilidad —al menos eso decían—.

Ahí estaba la marea de tonos,

invitándonos a olvidar por un momento

nuestra existencia.

Irrelevantes, ínfimos, diminutos…

eso éramos,

una porción mínima del universo.

No había pesar, dolor,  sufrimiento,

ninguna certidumbre valía más que aquel momento.

Sí, éramos un proyectil que caía

con la muerte impregnada hasta en los huesos,

pero lo poseíamos todo,

como el primer hombre antes de su caída a la tierra.

Bajo un quietismo ritual, primigenio,

la intuición era nuestro lenguaje,

pues el verbo, como el habla,

nos era prohibido.

¡Tanto despojo, tanto destierro!

¿Para qué?

La nulificación del yo,

seguramente del tú.

Sólo éramos nosotros,

sin dioses,

sin héroes,

sin amantes,

descendiendo a un subsuelo indistinto.

Todas nuestras pasiones,

todas ellas,

desprendíanse del pecho cual misiles

en busca de su objetivo.

¿volverían a emerger?

¿emergerían?

El conteo final revelaba la fatalidad. Ya no éramos más que dos extraños asumiendo su propia muerte; a unos segundos, tan sólo instantes, la incógnita sería revelada.

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