En las fiestas de los tiranos, se baila murga retorcida, una comparsa que se dicta al ritmo de las balas, es un sonido ruin, terrible y acaramelado, pero aún más atroz que el ritmo, es que las balas no alcanzan.

Yo no lo entendía, tuve que ir al lugar y ver con mis propios ojos, aquella mirada, ese uniforme bien planchado, esa determinación diabólica y aún más inverosímil esa prosa perfectamente pulida, es entonces cuando todo cobra sentido, ese ser emana tranquilidad: “todos vamos a morir por mi mano, pero ojo que antes los voy a acariciar dulcemente”, a la fiesta ha ido todo el pueblo y se extiende presuroso para ir al matadero, nadie los ha llamado, el tirano debía quedar solo hace tiempo, pero a él lo amamos, por ser lo que nadie quiso, pero en secreto deseaban ser. Incluso quien escribe esta crónica a veces se incluye en el séquito de sus seguidores, así en un momento quise decir muerte al totalitario y al siguiente momento ya me sometía a su voluntad, en un momento digo pueblo despierta y al siguiente momento soy parte de a quienes las balas alcan…

El tirano esta en mi piel y exige otra piel, siempre otra, la que viene y la que viene, el tirano no puede contenerse y tiene que expandirse, una vez que se le ha dado voz, su retorica demagógica y liberadora de las consciencias se desplaza e impronta en cada uno de mis poros, el tirano jamás ha muerto, se mantiene a flote en el vapor de los días aledaños al último momento, el tirano me sigue los pasos, al tirano lo quiero alejar, el mismo desgraciado que hoy vive en un bar y mañana en un putero, el tirano escucha lo que le conviene, lo que más le place, por eso estoy cerca de él, sin querer me maravilló la construcción que nace del latrocinio y que a veces es pseudocultura, en otras ocasiones pseudoeducación y así miles de cosas que a la vez se vuelven más grandes en cada uno de los textos que yo le rindo como un homenaje, no se porqué empece a hacerlo, pero ahora sé que no puedo dejar de hacerlo, en el ecosistema del tirano, todos somos la voz de su capricho y su deseo de cariño.

El tirano soy yo, y a un tirano mayor me gusta escuchar, para aprender de su maldad. Perpetúo su sistema cuando no le obedezco, y cuando sigo sus ordenes también. Tremenda cadena que me hace entender sólo una cosa, a él yo le doy la fuerza cuando ignoro al silencio de mi ser que antecede al aplauso en la plaza pública donde este desagradable y adorable ser aparece.

La dicótoma de su ser y su desagradable estampa me emplazan, dueño de la mitad y arrendador de la otra mitad del pueblo, sólo vende cadáveres que ejercen funciones diversas, el tirano sólo tiene una historia para nosotros, se acerca a las plazas y nos la vuelve a decir, unos dicen que se llaman elecciones, otros dictaduras, otros repúblicas, pero el cuento es tan grande que nadie lo puede entender, a todos se les olvidó en la fiesta de qué pueblo venían y al final las balas si nos alcanzaron.

Al tirano nadie lo ha matado, hace tiempo se suicido como un alacrán acorralado, pero aún hoy entiende que no puede dejar solo a su pueblo, que de conquista se terminó volviendo terruño, pero cuando se volvió su hogar era demasiado tarde. Ya no había reflejo en el espejo; ya no había a quien ayudar; todos le aplaudían a una vitoreaban su nombre, a una le decían Jefe, Comandante, Dictador, Esposo, Amigo; asqueado se atravesó con su propio veneno.

Nadie lo quiso acompañar en esa aventura, solamente su cronista, ese cronista que ahora está en la oficina del supremo estratega, nadie supo que paso, -nadie-, tiene quince días que no sale ni al balcón y el pueblo no sabe que hacer, algunos incluso se han asfixiado al no saber como respirar. Creo que se ha puesto ahora mismo una sotana y quiere predicar al dios que negó el día que asumió su universal mandato, ahora se muere de un infarto, quiere nacer de nuevo pero ya no hay a quien pisar, el tirano ha muerto, ahora sólo quedan “tiranitos”, han vivido desde siempre y van a morir nunca, pues hacen falta en el mundo, solamente para denunciarlos y para que de vez en cuando nos sorprendamos de lo que somos cuando los imitamos o mejor dicho los igualamos, y si decimos con ellos debemos de acabar ¿Cómo no parecer uno de ellos?, ¿Cómo no serlo en efecto?

No pretendamos, no pretendamos no pretender, no queramos ser, veamos y vamos a dejar que nos vean...

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