Por Ilargi Zweig

El hombre está herido y la multitud blasfema contra él, está solo, por fin solo. La sangre sigue escurriendo por su rostro y sabe que ha llegado su hora, como llegó la de muchos otros, para los que bastó tan sólo un instante para arrebatarlos de la tierra y arrastrarlos a las profundidades del olvido. En su mente se pregunta si valió la pena todo, si vale la pena morir por todo lo que defendió, por su intransigencia con los monarquistas, con los defensores de la tiranía, con los enemigos del pueblo, por su pulcritud como político y hombre de Estado. Un segundo después sabe que la pregunta es absurda y carente de sentido. No tiene de qué arrepentirse, todos tienen el derecho de cometer errores, y cargar con sus consecuencias. Pese a ello, le aflige en sus últimos segundos no haber hecho pública la lista de sus enemigos en la Asamblea Nacional, porque un día fue suficiente para que los cobardes planearan su caída, fue suficiente para derrocar al “tirano de la libertad” e imponer su arrogancia apóstata de los principios revolucionarios. Esos cobardes, ayer todavía por la noche temblaban y hablaban con terror, trataban de pasar desapercibidos frente a los ojos de ese titán, de ese monstruo que fue el Incorruptible, de ese pilar de la dictadura revolucionaria quien estremeció a toda la Revolución, que con sus discursos fue implacable y cuyas palabras eran martillazos forjadores de esperanza y odio.

Porque ese pequeño hombre, hizo temblar a los más radicales, a los más fuertes, a los más presumidos y cobardes, a los oportunistas e indecisos, y junto a unos cuantos heroicos hombres, tomaron el caos en sus manos para impedir la caída de la Revolución. ¡Ellos lo intentaron todo! ¡Ellos no pudieron hacerlo todo!

Y hoy, esos hombres heroicos, esos pilares del mundo, están completamente derrotados. Sus enemigos por fin se arremolinan a su alrededor sin temor para gritar injurias y escarnios, porque ahora saben que ellos, cobardes de todas la épocas, han derrotado con traiciones y mentiras a la virtud y al heroísmo.

Los cobardes verdugos llevan al hombre herido y sangrante y lo recuestan sobre la máquina. Todo el ambiente huele a sangre, sangre de todos los tipos y de todos los ideales. Los asistentes están eufóricos porque con la muerte de ese hombre acaba su temor y dan muerte, por fin, al más audaz de sus enemigos.

No puedo evitar sentir rabia y coraje. Siento tristeza porque estos asistentes embriagados en la retórica celebran la muerte de Robespierre, de Saint-Just, del Comité de Salvación Pública, del fin de una época. Y son incapaces de ver en ello el triunfo de los verdugos, del terror blanco, de los asesinos del pasado que se han hecho revolucionarios y luego han lidiado por traer de nuevo el antiguo régimen.

No sólo fue derrotado Maximilien Robespierre, sino todos nosotros. La Revolución popular ha caído abruptamente, hemos sido vencidos. Mañana no seremos más que un recuerdo lleno de suspiros.

Mañana, no seremos más que un recuerdo lleno de nostalgias.

Andrés Olivera Ramírez
Ilustración: Andrés Olivera Ramírez

 

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