“Porque la historia sella las cosas con su nombre y deja el testimonio real de lo que nos rodea en materia y en acción.” Luis Carrión.

 

“-Eso sería una locura, Jacinto. Date cuenta…

-¿Darme cuenta? Pero si los que se deben dar cuenta son ustedes: ustedes apuestan a que yo estoy loco, yo apuesto a que ustedes, todos, están peor que cualquiera de los que están aquí dentro; no tienen ni noción de lo lejos que están de la cordura, de la real cordura. Además, por un simple escándalo en una fiesta, por una niñería que podría haber hecho otro a mí me encierran: es el castigo a la fama, a la triste fama que tengo frente a ti, ante el doctor, ante los demás que me rodean y que hieden, apestan a seres limpios y pulcros. Yo no quiero ni pretendo ser un individuo limpio y pulcro: seré siempre sucio, cruel, demente si eso quiere decir para ustedes algo. Pero todo esto no es más que el resultado de no saber callar lo que uno piensa. Yo no me callo y grito, digo en la cara a todos ustedes lo que siento, lo que pasa por mi mente, ésa que tanto elogian pero que tan mal tratan, porque un electrochoque sólo puede ser el símbolo de la deshumanización absoluta; es preferible la muerte, ya te lo he dicho, la muerte mil veces antes que uno o dos o quince electros, que te van destruyendo lentamente, y te conducen por el camino de la auténtica locura, de la parálisis mental, de la nada. ¿Es eso lo que ustedes esperan de mí? Sí, claro, la nada; eso es. La nulidad absoluta, la infelicidad porque pretenden darme una felicidad, ¡oh paradoja!, que no existe, ¿es que no se dan cuenta? La felicidad sólo existe en la mente de los estúpidos, de los imbéciles normales que nada sienten, que nada ven.”[1]

-Lo ves Jacinto, eso no lo dice alguien normal, estás mal todavía.

-Su puta normalidad es una invención, un cuento malhecho que nos han obligado a aprender. Su normalidad es basura pura y opresión disfrazada, es el colonialismo, es su excusa perfecta para toda su pulcritud y pinche y jodida razón. Porque su razón justificó la masacre de indios, justifica el asesinato de niños africanos pobres y de todos los variopintos como yo y tú Mariana, sólo que tú no lo aceptas. Tu mentalidad ilusa te hace ser una oprimida que se entrega de ojos vendados a esos malditos asesinos. Y qué me dices de los asiáticos colonizados en el siglo XIX y vueltos a colonizar una vez más por el hombre blanco, con sus instituciones financieras y a punta de fusil, porque para todos ustedes, seres racionales, esa es la normalidad. La normalidad es una premisa estadística, no más, un simple número, pero al que ustedes han aprendido a deificar y ponerle adjetivos, cuerpo e ideas y nos obligan a acatar. Porque el colonialismo es la normalidad, la normalidad del hombre blanco para los demás pueblos, el colonialismo es la ideología de la normalidad y todo lo que se le escape apesta y debe ser constreñido hasta desangrarse sobre la tierra que lo ha visto nacer. Por eso no soy normal ni nunca lo seré, porque hacerlo es avalar todos los crímenes que los batas blancas cometen contra nosotros, es avalar el uso de armas nucleares y estar de acuerdo en cómo una bomba arrasa con miles de generaciones y deja a su paso los restos de los anormales, es avalar el desfile de pobreza que se ciñe infinitamente alrededor del mundo, el asesinato masivo de los anormales rebeldes del tercer mundo, que son pobres y que antes de morir, prefieren seguir siéndolo antes de traicionar a los suyos. Así que no me hables de normalidad, de la sucia y asquerosa normalidad. ¿Es que no te das cuenta? Su normalidad, su moral, sus juicios del bien y del mal son creados por los propietarios, esos que pasan sus vacaciones en una playa lejana al norte de España, a la cual sólo pueden asistir los hombres de negocios que contratan mano de obra barata en el tercer mundo, ya sea en México, Perú o el Congo, y les pagan salarios de miseria a esos hombres convertidos y reducidos a máquinas, a bestias de carga de piel oscura, amarilla o café, niños transformados en piltrafas y desnutridos que morirán de inanición en uno, dos o cinco años, al igual que sus madres embarazadas por tercera vez y que no les alcanza para nada. Porque esto es así, y tú y ellos dicen que debe ser así, el capital es el capital y debe exportarse, y reinvertir y llevar armas a África, a todo el continente negro, porque es más indispensable una kalashnikov que un médico y medicinas que combatan la malaria, el ébola o cualquier otra enfermedad, porque a fin de cuentas, en este mundo hay muchos anormales que, como tales, son prescindibles.

-No te entiendo nunca. Vengo a verte y me hablas de esas locuras. Mejor hablemos de nosotros y no de cosas sin sentido.

— ¿Sin sentido? ¿Te parece poco? Es que claro, yo soy el cruel, el demente, el que no es nada ni será nunca nada, porque no soy exitoso y además de pobre soy prieto, pero sabes, por mí, todos pueden irse al carajo, tú, los doctores, las enfermeras, los malditos guardias de este manicomio que esperan cualquier incidente para torturarnos, a nosotros, unas criaturas. Porque desde el momento en que atravesamos la puerta blanca de acero perdemos todo, nuestra humanidad y nos aíslan de un mundo que no pedimos ni queremos y del que nos agobia cada minuto. ¿Pero qué digo? Cada segundo, y nos maltratan una vez tras otra, tras otra, tras otra, y así hasta recordarnos que los seres como los que estamos aquí, merecemos esa vida tormentosa y no la muerte. Porque así valemos más, así somos el ejemplo de lo que a otros les pasará si piensan por sí mismos y protestan. La muerte en este lugar es un privilegio, del que ni los más ancianos pueden disfrutar. Por eso escupo es sus ideas, en sus religiones, en sus vidas hipócritas al ayudar a quienes no lo hemos pedido, y para ello utilizan tanto y tanto el “progreso” humano que no es otra cosa que el perfeccionamiento de una maquinaria despiadada que, según los mejores cerebros, es para nuestro beneficio. Como lo han sido las armas químicas para acabar con enemigos de otras naciones, como fueron los aviones para acortar distancias pero que terminaron transportando el horror de la guerra e incendiando ciudades y pueblos enteros, porque es más fácil matar desde el aire al arrojar los productos metálicos de la ciencia que contienen inteligencia y años de investigación, que cuando se ve a los ojos a una madre junto a sus hijos apretujándolos contra ella para que no observen cómo la muerte se acerca en forma de bala, igual de fácil que dividir el mundo geométricamente con un mapa, porque ahí la humanidad es reducida a unos trazos de un colonialista francés, español, portugués, ruso, inglés, alemán, belga u holandés, y porque saben que el papel no sangra ni llora, ni sufre ni grita. Al igual que no lo hacen los muertos para ustedes. Y pretextos les sobran, la religión o los valores universales como la democracia. Esos valores occidentales justifican el asesinato sistemático de palestinos y musulmanes, de árabes, de vietnamitas, de latinos, de indígenas porque son terroristas, inmigrantes y una plaga y, como tal, antidemocráticos, y el mundo guarda silencio ante su desaparición. Por eso es preferible mirar a otro lado, como ahora tú lo haces y te levantas y te vas blasfemando contra este maldito loco, al que nunca regresarás a ver y al que nunca debiste venir a ver, al que desearías no haber encontrado vagando en esa calle mojada, con esa suave lluvia que acariciaba tu rostro mientras chocaste con él, el mismo que te invitó a compartir su sombrilla, a la vez que mirabas sus ojos brillosos y profundamente infantiles, de los que te enamoraste tanto como de su sonrisa, al fin y al cabo ya sabías lo que te diría, lo que te ha dicho cada jueves desde hace cinco largos años, en los que has pasado una mísera vida y de la que nada ha cambiado más que tu forma de verlo y desencantarte de sus ojos. Por todo eso, váyanse al carajo, lo digo una y mil veces, púdranse, jódanse en su paraíso inexistente, en sus mentiras repetidas, en sus promesas incumplidas, en su inmoralidad y despilfarro, en su insensibilidad con la vida y las personas. Yo no soy como ustedes y por ello estoy aquí. Ahora Mariana, respóndeme:

¿quién es el enfermo mental, el loco?

[1] Luis Carrión, El infierno de todos tan temido, México, Instituto Politécnico Nacional, Sociedad General de Escritores de México, Sociedad de Exalumnos de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica, 1999, pp. 109-110. (Punto Fino).

 *La ilustración de este artículo fue realizada por Andrés Olivera Ramírez. 

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