Partiendo que las panaderías de México son muy diferentes a las del resto del mundo y más en estos días que llegan a su máximo esplendor, para mí, culturalmente hablando, todo esto es resultado de una fusión indígena y lo que las culturas francesa y principalmente española nos heredaron hacen que cada región o municipio le den un toque especial y cuenten con su propio pan.

Me imagino al dios Huitzilopochtli de tamaño natural hecho con tzoalli (una pasta), con sus dientes de maíz y sus ojos de turquesas. En la época prehispánica se elaboraban diferentes tamales, los hacían en diferentes formas, enrollaban masa de colores de maíz y frijol como ofrenda a los dioses. Las tlaxkalli (tortillas) eran también muy variadas, con miel de maguey y con semilla de amaranto.

También la alfarería fue de gran belleza con distintas calidades de barros, se mezclaron, logrando piezas esbeltas y otras decoradas. Entonces ¿cómo no podrían hacer nuestros antepasados un uso artístico de las masas?

El lugar especial en la ofrenda se lo lleva el Pan de Muerto, en todas las panaderías de todo el país no puede faltar; de hecho la mayoría sólo hacen Pan de Muerto los días 1 y 2 de noviembre.

¡Soy un panático! Me despido dedicando esto a mi padre, (ya estamos pensando en hacerle su segunda ofrenda), y con este fragmento de la oda al pan de Pablo Neruda. Gracias y a compartir la mesa con nuestros muertos que llegan de visita.

El pan, el pan
para todos los pueblos
y con él lo que tiene
forma y sabor de pan
repartiremos:
la tierra,
la belleza,
el amor,
todo eso
tiene sabor de pan,
forma de pan,
germinación de harina,
todo
nació para ser compartido,
para ser entregado,
para multiplicarse.

Soy diseñador gráfico y fotógrafo especialmente de gastronomía y cosas pequeñas. Me gusta todo lo que tenga que ver con la comida, viajar por los rincones de México y tengo Cletofilia.

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