Una calle lluviosa y sin fondo es su voz.

La calle de sus ojos es el punto fijo del caos en movimiento.

Si ella viera al mar lo aquietaría.

Sus labios no son más grandes que el cambio de la noche a la mañana,

ni más rojos que la llaga que divide al cielo en dos.

 

Sin embargo, comprendo la sed del mar por los cuerpos en días de fiesta,

y comprendo el hambre de la muerte por los sueños de los hombres.

 

El silencio besa su frente y me dice que las cabalgatas de sus pestañas

son espacios en blanco del ruido,

que el temblor de la tierra no es sino una caricia de su voz.

 

Siento el aviso de un derrumbe en mis oídos y abro los ojos.

Camino por la sombra de la calle.

Ella duerme.

Si pensara en un sauce le daría sombra,

si pensara en agua le cantaría.

 

Yo le escribo y le canto y le doy sombra.

La lluvia inunda sus ojos y su voz y canta.

Édgar G. Velázquez

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