Está acostumbrado a perder, siempre lo ha hecho y siempre lo hará. No hay otra forma de referirse a su persona. Es un escritor desconocido, un grandioso escritor desconocido. Su hogar es incierto, es un nómada. Esta putrefacta ciudad con sus luces y problemas no puede ser sino su agonía, su constante estado de decadencia, físico y espiritual.

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Su pluma se desliza sobre el papel para retratar horror, para describir el malestar que al igual que él, muchos viven, no por elección, sino como una elección que no les corresponde a ellos. Sus palabras se suceden para enunciar la realidad de la que él es parte, aunque se sitúe en los márgenes de un relato escrito por otros, aunque coloque en su pluma, un mundo construido sobre su dolor, sobre las lágrimas de los de su especie, de los de su color.

El odio es constante en su prosa, porque es la expresión más acabada de su ser, la más sublime y constante en sus ojos, en sus labios, en sus sueños, en los pocos sueños que aún quedan pero que están por disolverse. Usa una pluma y una vieja libreta, pasa horas pensando antes de trazar palabra alguna. Porque para él, cada palabra debe situarse en el lugar exacto, todo tiene un porqué, el azar no tiene cabida en sus textos. La improvisación y los maquinazos son para los pendejos y los huevones.

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Pone el punto final en su mente y por fin comienza a transcribir su obra físicamente, es lo único que le interesa. Está sentado sobre una bolsa que guarda todas sus pertenencias, todas sus aspiraciones. Está sentado en los extremos de avenidas ruidosas que no le perdonan su presencia, como tampoco lo hacen los automovilistas que pasan y lo ven, que avanzan y lo insultan por estar sucio, o la mirada aterrada de las madres estúpidas que manejan y llevan a sus hijos a la escuela bilingüe y antes que explicar a sus hijos por qué hay pobres y vagabundos en sus calles brillantes y hermosas, sobre esas aceras recién arregladas por un jefe delegacional maldito, prefieren practicar su pésimo inglés, o francés, o alemán, y exigir a los niños que imaginen una calle sin él, sin ese perdedor, porque ellos, claro está, son de otra especie.

La pluma comienza a gastar tinta y transforma los pensamientos en imágenes, imágenes en palabras, palabras en lágrimas, lágrimas en suspiros como el suspiro al recordar a tu esposa, tan hermosa con sus manos delgadas y tersas, esas manos que te acariciaban con una ternura indeleble, que a pesar de que ella ya no está, se encuentra tan presente en cada letra que eres capaz de escribir. Porque sabes que es lo único que te queda, amor, y amor en serio y no esas pendejadas comerciales que venden todo y a todos y no respetan nunca los sentimientos, menos aún de un ser tan despreciable como tú lo eres a sus ojos. No puede ser de otra forma, los poetas aman, aman eternamente, aman sin cordura, aman como ningún otro artista puede hacerlo. Por eso elegiste ese camino, el de la tinta y el papel para ti, para expresarte y tener un lugar seguro, del que nada ni nadie pueda excluirte. Porque en tu universo de letras tú eres el creador, eres por fin un hombre, un hombre libre y no esa bestia harapienta y desnutrida que deambula por el concreto sucio y asfixiante.

La noche ya cae sobre tus hombros y tus letras iluminan el universo, son estrellas que destellan fugazmente en esa eterna oscuridad que te cubre totalmente, pero de la que ya has aprendido a defenderte y ganarle, incluso jugar con ella y utilizarla. Tus hermosas palabras dibujan escenarios perpetuos en los que los humillados se levantan y sonríen, en los que pueden comer y sueñan, como ahora tú lo haces, sueñas con cada fragmento de tu ser, sueñas con tus recuerdos y nada más, pues el presente ya no te importa.

Una vez te leyó por azar una escritora y se quedó pasmada con tu talento, te dijo que eras único y debías publicar algo. A ti no te importó y la ignoraste, como haces con todos esos seres ficticios. Sabes que la impactó tu texto porque su talento no se compara con el tuyo, es lo único que te queda y no puedes permitir que alguien te lo arrebate. Después regresó dos o tres veces más y la dejaste leer un poco de tu obra. Mirabas con asombro cómo recitaba algunos pasajes maravillada por tu pluma. Después le dijiste tajantemente que no ibas a publicar nunca nada, que se fuera, que a ti no te importaba eso. Ella te dijo que desperdiciabas tu talento y tú le respondiste: “¡y tú, tu tiempo!”. Se indignó como lo supusiste y se marchó para no volver nunca.

Te has acostumbrado a regalar poemas a las personas caídas en desgracia como tú. Les das poemas porque sólo con eso su alma se reconforta. Has escrito miles y seguirás escribiendo miles, porque personas a quienes les hace falta un poema sobran al igual que tu dulzura. Escribes porque nadie te ha escrito y desearías que alguien lo hiciera antes de tu muerte. Sabes que escribir a alguien es lo más precioso que puede existir en este jodido mundo y esa es tu motivación.

Era un tipo profundamente infantil, no en el sentido negativo, sino en el de esperar constantemente algo que se desconoce. Así brillaban sus ojos, como grandes farolas en la noche. Era un vagabundo, ciertamente, pero de un tipo especial. No robaba porque le parecía inmoral, bueno, por lo menos no lo hacía con aquellos que trabajan. Yo pasaba todos los días por el mismo lugar y ahí estaba él, esperando que la inspiración llegara.

Le comencé a hablar por pura coincidencia. No encontraba mi encendedor y al verlo fumando le pedí el suyo. Me sonrió. No me prestó mucha atención, estaba muy ocupado pensando y escribiendo. A su alrededor un montón de papeles y notas lo adornaban. Yo estaba muy cansada y me senté a su lado para platicar con él, no por lástima, sino porque merecía respeto como todas las personas, y al fin y al cabo, éramos vecinos.

Al principio, hice las preguntas más absurdas, y al no recibir respuesta pensé un poco más antes de hablar. Me di cuenta que escribía algo muy importante que le demandaba toda su atención, hizo una pausa y me pidió un cigarro, entonces respondió: “mejor dime tú quién eres”. Le conté que era escritora, mis pocos méritos y mi infelicidad con mi trabajo. Me miró y sugirió que le daba lástima. Le pregunté que por qué escribía tanto. Entonces supe que también era escritor y me fui después de estrecharle la mano.

Al día siguiente me decidí a saber más de él, llevé ron y cigarros y platicamos largas horas. Me contó su vida, era campesino y tenía una familia numerosa, tuvo que venir a la ciudad a trabajar para ayudar a sus hermanos y padres. Aquí, en esta dolorosa ciudad, trabajó de todo, su trabajo favorito fue ser diablero. Pero su juventud ya no existía más, y no podía regresar a ese mismo empleo. También me dijo que aprendió a leer y escribir hasta los 30 años en una casa de cultura. Rápidamente le interesó la lectura y la escritura y se decidió a recuperar los años arrebatados por la necesidad. Cuando podía mandaba dinero a su familia pero no regresó a su pueblo. El transporte era muy caro y prefería que ese dinero ayudara a su gente. Cierta vez, llamó y recibió la noticia de que su esposa e hijos habían muerto por una epidemia intratable sin dinero. Aquel día, ese hombre murió y comenzó a escribir.

Sentía cierta envidia porque sus escritos eran impecables, cada palabra era exacta, como un poema. No como mis textos, llenos de basura y palabras huecas. Quizás porque nunca iba a escribir de esa forma, con tanta fuerza y pasión me resultaba incomprensible que no quisiera publicar algo y quizás solucionar así su situación. Pero nunca sucedió. En cambio me obsequió la siguiente nota y me pidió que me fuera:

“Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días. Pero estoy preparado para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aun la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.” Clarice Lispector, La hora de la estrella.

Sólo hasta ahora entiendo su necesidad de escribir. Se llamaba Gerardo. Se fue del lugar en que vivía. Supongo que nunca más lo volveré a ver. Nadie lo recordará, porque su existencia se disolverá en el olvido, como estas líneas mediocres escritas por una autora mediocre.

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