Por Ricardo Cortés Ortega

Para el filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría, la novela Los ríos profundos, del escritor peruano José María Arguedas, es una de esas obras cuya lectura resulta fundamental para comprender el barroco en América Latina. La melancolía de Ernesto, personaje central de dicha novela, el conflicto existencial que tan sólo se expresa en su interior, sin comprenderse ni mucho menos resolverse del todo, es representativo de lo que Bolívar llama ethos barroco. En el caso específico de la región andina del Perú, dicho ethos sería propio de aquel que, si bien reivindica la cultura andina, parte de tener experiencia de esa cultura “como ya vencida y enterrada” por la acción devastadora del sistema colonial. Desde nuestra propia lectura de Los ríos profundos podríamos ahondar en la personalidad de Ernesto, en ese modo suyo de ser y preguntarnos ¿por qué tanta melancolía depositada al interior de dicho personaje? Arguedas intenta expresar a través de la personalidad de Ernesto, quien es todavía un niño, el conflicto existencial que padecen ciertos mestizos aindiados, aquellos que ven como una tragedia la humillación y el sufrimiento que lo hispano o lo occidental, como cultura oficial y hegemónica, le hace pasar al mundo andino. Al ser sensible al sufrimiento de este mundo, Ernesto ve cómo el pongo, el árbol de cedrón y las piedras del muro incaico, se retuercen de dolor. Estos tres elementos, representativos de dicha desgracia, al manifestar su presencia parecen llorar, quejarse, hacer explícito el mismo dolor de la tierra.

Las piedras del muro incaico, el cual soporta una construcción colonial, representa la condición de los incas al verse derrotados por los conquistadores españoles. Esta imagen sombría alude a cómo la concepción de la conquista se fue configurando de manera negativa e incluso traumática conforme a lo vivido posteriormente, es decir, teniendo en cuenta la miseria, las formas serviles de trabajo que dicho acontecimiento trajo consigo y que se establecieron durante el periodo de colonización. Así pues, esta concepción hace ver la historia de la región andina del Perú como marcada por la tragedia de la conquista, no sólo para el régimen incaico vencido, sino para todos los pueblos que, sometidos a la misma explotación a manos de los españoles, se sintieron identificados como parte de esa misma tragedia. Es como si les hubiesen quitado su fuerza, su dignidad, y eso que los hacía valer ya no les pertenece más. Cuando un borracho se acerca tambaleando al muro incaico para orinar sobre él, Arguedas hace ver cómo se le pierde el respeto a esa cultura ancestral hasta humillarla, hasta hacerla quedar como herida en su amor propio. Es así como los incas, representados a través de las piedras del muro incaico, parecen estar muertos en vida, soportando el peso de la humillación que significó la conquista.

Esta desgracia que tuvo su origen en la muerte del Inca como consumación de la conquista, parece verse reflejada en el modo de ser de los indios colonos. El pongo que trabaja para el tío de Ernesto –dueño de grandes haciendas–, es un ser medroso, sin carácter. Ha perdido la capacidad del lenguaje, ya no es capaz de manifestar lo que piensa y siente con plena libertad, como si el paso de un tiempo opresor le fuese templando su voluntad y degradando su facultad de expresión. Y la naturaleza,  representada a través del árbol de cedrón que adorna la casa del hacendado, muestra una cara gris, no es “feliz”, algo le aflige desgarrando su interior. Ante estas imágenes, se podría asegurar que nada crece de forma libre y fuerte en el entorno hostil de las haciendas, se menosprecia la parte activa que pueda tener el árbol y el pongo en el proceso de producción. Nada más apropiado que la vida de los colonos para comprender esto, no son autosuficientes, no hay nada que puedan darse a sí mismos, tan es así que no pueden tomar algo para sí porque entonces se considera robo. Mientras que los indios que pertenecen a un ayllus son libres dado que tienen algo por qué luchar: la comunidad, la tierra, aquello que hace posible su autonomía asediada siempre por la ambición de las haciendas; los indios colonos tienen una identidad colectiva porque pertenecen y trabajan para una hacienda, porque, en tanto que viven en tierra ajena, sin la forma de vida comunitaria que se cultiva en los ayllus, no son libres, no son autosuficientes.

Resulta necesario mencionar que la imagen del árbol de cedrón no sólo alude al sufrimiento del pongo en un sentido figurado. Según la reivindicación que Arguedas hace de algunos mitos post-hispánicos, con una visión idealizada del pasado, en especial del régimen incaico como un régimen benévolo, los incas sabían cómo tratar a la naturaleza y, a su vez, la naturaleza se sentía a gusto con ese trato al grado de dejarse hacer. En cambio, como se aprecia en el siguiente diálogo entre Ernesto y su padre, los españoles propician un trato agreste, desconsiderado para con la otra parte que es la naturaleza:

– ¿Cantan de noche las piedras?

– Es posible.

– Como las más grandes de los ríos o de los precipicios. Los incas tendrían la historia de todas las piedras con “encanto” y las harían llevar para construir la fortaleza. ¿Y éstas con qué levantaron la catedral?

– Los españoles las cincelaron […]. Golpeándolas con cinceles les quitaron el “encanto”.

Conforme el trato que le dan los incas, la naturaleza está para cuidar del hombre, le extiende todos sus recursos siempre y cuando el hombre sepa hacer uso de ellos. En el momento en que la naturaleza se ve afectada por la muerte del Inca –que representa el eje del mundo andino–, es decir, en el momento de consumación de la conquista, en que los españoles profanan lo más sagrado del mundo, se rompe con el acuerdo establecido desde el origen de los tiempos. Y cuando el eje del mundo es derrumbado, la naturaleza ya no puede ser la misma, ha dejado de ser lo que era antes bajo el resguardo de un “orden universal”; de ahora en adelante se propiciará una relación distinta con ella, de mera explotación. Esa es la lógica que predomina ahora, servirse de ellos, tanto de los indios como de la naturaleza, pues el dominador es poderoso a costa de su explotación, por eso, para dominarlos, busca despojarlos de su sabiduría y su fuerza. Este discurso mítico sobre el pasado, sobre las formas de convivencia tradicionales que aún subsisten, tiene su razón utópica de ser en el sufrimiento vivido ahora, en el orden actual que es el sistema colonial. La experiencia de esta forma de vida andina como ya vencida y enterrada, no es para enlutarse y ponerse a llorar, pero sí es para despertar una sensibilidad por lo que está muriendo. Lo vívido ahora no sólo trata de la trágica muerte del hijo del sol, trata de una historia posterior, aquella que se rige por el sistema colonial y su “orden social perverso, corrupto”, cimentado en la desigualdad y la discriminación social, es decir, trata de una historia sobre aquellos que sobrevivieron a la catástrofe.

En el mundo del colegio al que asiste Ernesto, Arguedas intenta poner en escena la discriminación que se da en la región andina del Perú entre grupos o personajes que, por mencionar lo más extremo de una gran diversidad social y cultural, se asocian con lo andino o lo hispano, lo bajo o lo alto, la sierra o la costa. Para el común de sus compañeros del colegio, que han crecido con la pretensión de adaptarse al orden social establecido por el sistema colonial, las tres escenas o imágenes antes mencionadas ya son incomprensibles, insondables. Conforme a lo que aspiran llegar a ser, ninguno está dispuesto a sensibilizarse por la forma en que son tratados los indios colonos, por su relación servil de dependencia con los hacendados, quienes son dueños de la tierra. Mientras que Ernesto quiere comprender el mutismo de los colonos, saber por qué no le responden, por qué son incapaces de intervenir en el mundo y se resignan a vivir una vida miserable; para la mayoría de sus compañeros, esta forma de vida servil ya no causa ningún asombro, ninguna indignación, en ese sentido, ya no les es un problema existencial. Al contrario, si algo se les presenta como una necesidad es la de reprimir en sí mismos dicha indignación porque, de no ser así, resultaría imposible adaptarse —con la conciencia tranquila, segura de sí misma— a la forma de vida que conlleva este orden social. En ese sentido, se amordaza la experiencia de esa forma de vida andina como ya vencida y enterrada porque, de no ser así, se corre el riesgo de morir con ella. Y Ernesto, al entrar en contacto con dicha forma de vida, también se vuelve incomprensible e insondable para la mayoría de sus compañeros, él mismo se ve incapacitado para comprender lo que siente, por eso el padre Linares, director de colegio, lo tilda de “loco”, de “tonto vagabundo”.

Ante esta discriminación, Arguedas pretende hacer ver, mediante su forma sencilla y sensible de comprender el mundo de la sierra andina del Perú, que todos esos gestos de inconformidad en Ernesto, mezcla de aflicción y de rabia, no son incoherencias. Ernesto es presa fácil de una indignación que le pone a hervir la sangre, con ganas de defenderse contra la injusticia social, dicho de otra manera, es presa fácil de un sentimiento del cual parece provenir una fuerza desbocada, mesiánica, que da origen a una forma de rebelión arrebatada, dolida, hecha de pura efervescencia y descontento social. Esta indignación es acallada por la prédica colonial católica cuando se borra del lenguaje de los ayllus su sentido subversivo, es decir, cuando desaparece el tono combativo con el que se reivindican ciertos derechos. El padre Linares, como director del colegio y predicador de Abancay, región central de la novela, es el representante del orden colonial y su moral perversa, la cual, por una parte, condena esa fuerza mesiánica como una manifestación arrebatada de coraje que debe reprimirse a través del castigo; por otra parte, legitima la explotación y el sufrimiento que padecen los colonos como algo digno de vivir. La imagen humillada del pongo, por mencionar el ejemplo más representativo, alude a la forma en que los colonos asumen como propia esta condición degradante, y al asumirla, son recompensados. Conformes con esto, los indios de hacienda desconocen ya el lenguaje de los ayllus al no hacer uso de la palabra para intervenir, dar a conocer su punto de vista y, así, decidir entre ellos lo que es más conveniente para su comunidad.

De igual manera, el folklore, al perder su sentido subversivo, se vuelve una reivindicación hueca, meramente pintoresca de lo andino, sin una concepción del mundo digna de revalorarse, sin ningún potencial para hacer estallar una rebelión. En ese sentido, el lenguaje de los ayllus se entiende de forma libre, sin temor alguno a expresar lo que siente –incluso– por una vía violenta. Como se puede apreciar en la primer novela de Arguedas titulada Yawar fiesta, las fiestas de tradición andina post-hispánicas, de gran importancia para las comunidades indígenas, tienen una dimensión subversiva y violenta en tanto que alienta la combatividad de los indios y los llama a derramar la sangre de los explotadores. Es esa combatividad lo que la prédica colonial católica adormece o atrofia. Mientras el padre Linares incita a los colonos a que conciban su sufrimiento como una cruz que es necesario cargar para la salvación, el mesianismo, como una fuerza que viene del pueblo, pretende llenarlos de rabia, pretende hacerlos combativos para que hagan justicia por sí mismos.

Teniendo en cuenta lo anterior, nos podríamos preguntar ¿cuál es el precio que se tiene que pagar por ascender en la escala social, a costa de qué? El éxito social que hace deseable el mismo sistema colonial, conlleva una tragedia para los indios porque es a costa de abandonar y menospreciar su propia cultura. Para un hijo de mestizos, desde el enfoque occidental, aindiarse es condenarse a quedar rezagado, es rebajarse a formar parte de la cultura popular andina. De ahí que Ernesto, al igual que su padre, quien mantiene un vínculo muy estrecho con los indios al ampararlos, al abrirles las puertas de su casa, rechace la vía del éxito. Así mismo, gracias a que su padre nunca rompió con el vínculo que lo unía a ese mundo andino, Ernesto es sensible a la vida en los ayllus, pues a pesar de ser hijo de mestizos, creció en el seno de una comunidad de indios libres, fue copartícipe de sus costumbres, de sus fiestas y, en general, de su forma de convivencia social. De ahí también que encuentre su forma adecuada de expresión en la música, en la poesía y en el canto a través de los huaynos, es decir, en todo aquello que forma parte y le da voz al folklore. Cabe mencionar que la cultura popular andina que subsiste al interior de la ciudad de Abancay, sólo encuentra su lugar apropiado de expresión en el barrio de Huanupata, que escapa al control de las haciendas. Es un barrio repugnante —según el parecer de los grandes hacendados— y famoso por sus chicherías, donde se congrega la gente del barrio, es decir, una gran diversidad de gente que, conforme a su oficio, se asocia a la cultura popular. Si es el único barrio alegre de la región, como lo menciona Ernesto, es por los huaynos que se tocan y bailan al interior de las chicherías. Así pues, su lugar de origen es éste, más allá del sistema colonial al que parece ser arrojado de forma desamparada.

En contraste, hay por parte de los personajes más distinguidos del colegio, “maduros”, con un porvenir brillante, con un papel o una vocación ya perfilada en la sociedad, como hacendado, como soldado, como hombre de letras, una incomprensión, un desprecio inevitable y espontáneo hacia las manifestaciones del folklore andino, simplemente no lo entienden. Y precisamente este mundo al interior del colegio es hostil por la discriminación que existe hacia dichas manifestaciones. Romero, quien es uno de los compañeros más cercanos a Ernesto porque comparte su gusto por los huaynos, hace ver su incomodidad ante Gerardo, el hijo distinguido del comandante:

Ese Gerardo le habla a uno, lo hace hacer a uno otras cosas. No es que se harte uno del huayno. Pero él no entiende quechua; no sé si me desprecia cuando me oye hablar quechua con los otros. Pero no entiende, y se queda mirando, creo que como si uno fuera llama.

Si nos enfocamos en el modo en que se concibe lo andino más allá del colegio, podremos darnos cuenta de cómo se le asigna un lugar menor, de cómo se ve confinado a lo barrial, a lo popular o a la pobreza. Basta con recordar el aspecto sucio del pongo y el olor a orines que despide el muro incaico para, de esta manera, comprender cómo es que la cultura andina se presenta en la novela ya en su forma degradada, hecha menos, de ahí que se asocie con la suciedad, la inmundicia a la que en buena medida son relegados los indios y los cholos. Ahora bien, quienes forman o se conciben a sí mismos como parte de esa cultura, están acostumbrados a la suciedad, la asumen con toda naturalidad. Ernesto, por ejemplo, está familiarizado desde su niñez con el olor a “suciedad de telas de lana”, sabe que forma parte de su mundo y no le opone ningún tipo de rechazo. Incluso, como se puede apreciar en uno de los cuentos de Arguedas titulado El sueño del pongo, el excremento, comprendido desde la experiencia de los de abajo, desde su sabiduría, tiene un valor positivo. Por eso el pongo, en su sueño, que deja entrever un deseo de venganza y de ajuste de cuentas con el patrón, se deja embadurnar todo el cuerpo de excremento. Y el patrón, en cambio, es el que se siente realmente humillado al tener que verse rebajado a lamer el cuerpo de su sirviente.

 

1 Vid.: Bolívar Echeverría,  “El ethos barroco”,  en Modernidad, mestizaje cultural, ethos barroco, México, El equilibrista/UNAM, 1994, p. 20-21.
2 Indio de hacienda que sirve gratuitamente, por  turno, en la casa del amo.

3 Indios que pertenecen a las haciendas.

4 Comunidad de indios libres.

5 José María Arguedas, Los ríos profundos, Buenos Aires, Losada, 1972, p. 18.

6 Canción y baile popular de origen incaico.

7 Arguedas, Los ríos profundos, pp. 264-265.

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