Por Roberto Romero (a.k.a.) Tijuana

Los muros de una ciudad de la que no recuerdo el nombre (que podría ser México, Santiago, Buenos Aires, Montevideo o La Habana, pero que no es México ni Santiago ni Buenos Aires ni Montevideo ni La Habana), se llenan de voces y rostros que nacen a partir de las grietas que los pueblan. La tinta indeleble de la sangre en los muros susurra todos los nombres que se borraron cuando el polvo y la ventisca barrieron con la memoria. Aquí, sin embargo, seguimos creyendo fervientemente en ellos. Sabemos por el aire que siguen vivos. Que respiran en algún cuerpo enterrado en los desiertos de Sonora; peces de ojos siempre despiertos bajo las aguas del océano al que van a parar todas las lluvias y todas las lágrimas de Septiembre. Conservamos esta ternura aprehendida a base de puños rotos y nudillos abiertos por golpear tanto la pared para romper la distancia y el silencio. No recordamos el rostro de mamá ni de los primos lejanos, pero guardamos bajo llave la mirada profundamente hermosa y triste de quienes compartieron el salto justo al centro del ojo del huracán. Tendemos las manos y ofrecemos al altar del sacrificio todas nuestras vidas pasadas. Hace años que nadie pronuncia su/nuestro nombre con la esperanza idiota, pero cierta, de convocar la luz en las horas más oscuras. Estas paredes y estos muros y estas bardas y cercas y fronteras imaginarias se llenan de color al revivir el calor y la rabia de los que se fueron sin despedirse; de los que no se han ido pero no están aquí junto; de los dependientes del café y del tabaco y del ansiolítico. La rabia se enciende por los que creyeron que un libro, una pintura, una canción o una consigna contenían la receta para salvarnos de la oscuridad, de la sordidez, del derrumbe; por esas manos anónimas que construyeron tantas torres de Babel, demolidas luego por el dedo incólume de un dios que nunca reconoció su paternidad para con nosotros. Por los dedos que jalaron el gatillo de una Smith & Wesson confiados en que habría otra oportunidad y no la hubo. Por los corazones radiantes que se jugaron en el amor toda la ternura y la risa; por los que hicieron del odio y el frío su fortaleza para sobrevivir a la soledad entre multitudes. Por esos lápices mudos escribiendo cuentos y poesía para no dejar al escribidor colgarse de una soga o tirarse al vacío desde el piso treinta y tres. Por los ludópatas que apostaron su alma a favor de los ojos ambiguos de una mujer verde y cristalina. Por esos amigos incondicionales, sentimentales sin remedio, que lloraron, o no, una mañana fría de febrero del ’84 en Montparnasse, mirando a través de la humedad el regreso al polvo de un hombre que no era hombre sino gato. Por ese hombre que nos enseñó que la risa y el jazz y los juegos eran otras de las tantas formas del cariño y la ternura. Por las madres y los hijos y los hermanos y los desconocidos que también lloraron por jóvenes anónimos y dulces: esos niños que no eran niños sino gatos, maullando, cantando mientras la banda ineludible del matadero avanzaba sin pausa. Sentados frente a la muerte y fumando un cigarrillo con calma. Invitando a la muerte misma a bailar un tango, de esos tan bonitos de Gardel, Goyeneche o Piazolla, al borde del abismo: sin miedo y sin remedio. Mirando con el rabillo del ojo cómo caían las balas en una lluvia que no dejaba de mojar y borrar y matar y llevarse el mundo hasta las fauces de un infierno sin sitio. Por esos niños y abuelos y muchachas lindas que una tarde noche de Septiembre del ’73 supieron, sin saber realmente, que había llegado una noche larga y que tendrían que soportar lo suficiente si querían llegar a un nuevo día sin metralla en la nuca, ni submarino, ni picana, ni electroshocks en la cabeza, ni trepanación del cerebro. Por esos hombres y mujeres que en las celdas frías y en la fila de los presos políticos encomendados al verdugo, recordaron desde la poesía todos los rostros de los amores perdidos. Por las memorias necias que guardaron en su rincón más profundo la mirada y el timbre de voz de todos los muertos y desaparecidos durante tantos años oscuros. Por esos infantes del campo que fueron hombres y que estudiaron para enseñar. Por esos hombres que se batieron una noche frente a la fuerza de plomo y resistieron la embestida brutal de la muerte. Por los perros románticos que no perdieron la esperanza en los niños. Por esos niños amantes de los elefantes, que bajo los dientes de leche todavía conservan pequeños atisbos de la rabia necesaria para quemar el mundo y construirlo de nuevo. Por ese mundo abortado tantas veces, enjaulado por el diablo en la misma prisión donde se encuentran las flores y los pájaros y los besos nacidos de bocas dulces llenas de caricias y presagios.

Por todos los que somos, fuimos y seremos. Por un tiempo que no se mida en relojes y un amor que no se cuente en te quieros. Por el placer al dejarse conducir por el agua hasta un puerto en que se pueda dormir una noche tranquila. Por el camino hacia otra forma de querer en que no seamos uno más uno igual a dos. Porque aún frente a la dictadura de la razón se puede oponer la revolución de los pirados. Porque hemos aprendido a no poner la otra mejilla cuando nos han abofeteado. Porque no nos olvidamos de que el amor, la ternura y la risa son tan necesarias como el fuego y las barricadas para renovar el mundo. Porque no olvidamos, ni perdonamos, aun cuando intentaron borrarnos la memoria y expandirnos la piedad. Porque cada herida es nuestra herida y cada rabia la llama que ha de incendiar la pradera que es nuestro corazón.

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