oshdoashfd

La vela parpadea con el vaivén del viento, se mueve y es inconstante, por momentos ilumina las manos maltratadas del escritor o alumbra sus trazos imperfectos en un papel desgastado y amarillento. La vela se esfuerza por permanecer despierta hasta que el hombre termine su tarea, la cual ha sido áspera y larga. Sólo la noche otorga esa calma necesaria para escribirle a su amada, para escribirle la carta más humana que jamás podrá volver a escribir. Los trazos reflejan su inseguridad y se esparcen por el papel. Los nervios hacen sudar sus manos y la tinta mancha la superficie. Sus pensamientos son tan fuertes que para expresarse completamente harían falta miles de pliegos y velas. Pero no, no hay tiempo. Sólo dispone de esa noche. Destruye el primer borrador y así sucesivamente. La mañana se acerca. El cansancio es parte de su cuerpo marchito y triste. El sol se asoma y el escritor por fin termina su labor titánica. La vela todavía sirve para quemar ese pliego de sentimientos e imágenes nostálgicas, de confesiones ocultas y sublimes. Porque el escritor sabe que ya cualquier esfuerzo será inútil, tan pronto como el sol destruya la noche, su amada habrá partido y ni esa carta ni ninguna otra súplica la harán cambiar de opinión. Se da cuenta de cuán ridículo es y apaga la vela. Esa mañana será su última mañana, así como esa fue su última noche, y su última carta y su última vela. El escritor no existe más.

Comentarios