De tarde, cuando el ocaso copia el naranja de las hojas que han caído, la caravana donde la muerte avanza, entre tambores de piel morena, entre las flores naranja y el hedor a alcohol en el ambiente, entre el confeti y la algarabía que sorprendía a todos los presentes. Esa caravana estuvo a punto de atropellar a Alfaro y a su acompañante de cabeza blanca.

—¿Sabes Licha?, no me aterra la muerte, mi muerte pues. Me espanta la muerte de los demás.

—Ora tú, ¿de dónde sacas eso? Pos si todos nos hemos de morir, ¿pa qué andas pensando en eso?

—Pues es que así veo el carnaval y digo, que he de morir, sí, he de morir, pero como no sé ni dónde, ni cuándo, entonces no me espanta, sino que me espanta la muerte de los demás.

Caminaban hacia su casa, en las afueras del pueblo, y conforme sus pasos se aproximaban a su destino, el sonido de las trompetas se iba quedando atrás.

—¿Luego?

—Es que pienso que eso de saber cómo me voy a ir pa’l cielo, pos depende de cómo le haga aquí, pero lo que nunca sabe uno, es cuándo se van los demás. Como quien dice eso no lo controlo yo, ni nadie o ve tú a saber.

—Bueno ¿y eso qué?

—¿Cómo que qué? ¿Pues qué no ves que ya quedamos pocos de los que éramos niños antes? Y mira que poco a poquito eso que vivíamos antes se va muriendo con los que conocíamos, que también se han ido al otro mundo… al norte pues, al cielo otros.

—¿Y luego?

—Mira Licha, pues que todo eso se va acabando y entonces ya no queda nada. Luego te llegan los recuerdos, memorias de las cosas que pasamos allá cuando trabajábamos en la milpa de tu papá o cuando el río pasaba por un lado del pueblo.

—Mira tú, espérate que no todo es así tampoco. ¿El Francisco no te enseñó a sembrar sus mangos esos que trajo de allá del norte? ¿No aprendiste del Germán eso de los negocios con el dinero, porque a ti siempre te hacían tarugo? ¿Esa tía Ignacia no te mostró cómo pescar en el río para cuando no tenías aún tu casa ni tu tierra?

—No pos sí, bueno mira…

—No, no, piensa. Tu mujer misma ahí estuvo para que aprendieras y te enseñó también ella, cuando estuvo enferma primero te encargaste de ella también y quién tenía que remendar las cosas y cuidar a los muchachos que, aunque ya estaban grandes, pues necesitaban de alguien y tuviste que aprender de ella eso, ¿no?

—Sí, pues sí.

—Pues ahí está, todos esos siguen contigo en lo que haces y porque haces lo que enseñaste, y porque haces lo que aprendiste pues siguen en el mundo. Tampoco exageres. Pues porque te enseñaron algo pudiste decirles adiós. Luego la memoria nos juega medio chueco a veces, pero siempre se puede controlar y volverla al corral.

—Pues sí Licha, voy a pensarlo. Tú también me has enseñado mucho, mira que mi pensamiento ya no está tan atrabancado como antes de aquellas veces que nos quedábamos platicando por las madrugadas en la milpa luego de que te iba a sacar de tu casa en la noche y tu papá te andaba buscando por todo el pueblo al día siguiente…

—Bueno pues, no empieces de zonzo otra vez y piensa en lo que te dije. Ahí nos vemos mañana en la faena.

—Bueno sí, nos vemos mañana.

Alicia no pasó de la noche, se fue sin dejar rastro.

 

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