La Ciudad de México se ha convertido en los últimos años en el principal foro para alzar la voz contra lo que a muchos sectores de la sociedad molesta, desagrada, ofende o lastima.

Este fin de semana sus calles vieron volcarse a miles de personas, provenientes de todo el país, y resonaron con los gritos de solidaridad, comunidad, respeto y justicia; fueron testigos de varias movilizaciones que comenzarían el sábado a mediodía y acabarían entrada la tarde noche del domingo por tres hechos específicos: la marcha por el orgullo de la comunidad LGBTTTI, la solemne y tristísima conmemoración de 21 meses de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y la exigencia de diálogo para solucionar el conflicto magisterial en contra de la Reforma Educativa, éste último acompañado del repudio a la masacre de “la Noche de Nochixtlan”.

El sentir y el ánimo de las protestas fueron varios, como varios son los sentimientos que estos hechos despiertan en nosotros. Se podía pasar de la festividad y alegría por las conquistas logradas en pro de las diversidades, hasta la dolorosa solemnidad que enluta nuestras universidades y normales rurales, pasando por la necesaria reflexión acerca de los métodos de lucha contra la imposición de reformas que no resuelven los problemas de nuestra educación. Todas ellas con una muy importante dosis de ese elixir que, dicen, es el que muere al último: La Esperanza.

Fue, debido a ello, que “¡de repente!”, cómo dice Taibo II, lo acontecido el domingo 19 de Junio en Oaxaca, no haya tardado más de una semana en hacerse patente en la gran capital como la confirmación reciente de la situación de violencia en nuestro país, “¡y de repente!” miles de mexicanos decidieron dejar al lado la misa matinal, el fútbol en el barrio, la comida con la familia, una mañana de ocio y descanso, por formar parte de un grito muy fuerte, que hasta este momento resuena, y resonará por mucho tiempo “¡y de repente!” se levantaron, despertaron muy de madrugada, se organizaron para contratar camiones, se citaron en los paraderos y en las estaciones, arrancaron a las nueve, a las diez, a las cuatro de la mañana, o incluso un día antes “¡y de repente!” vinieron de todos lados, por todos los caminos demacrados, con todas las inseguridades, con las grises imágenes de casas amontonadas al lado de la autopista; gente que pide dinero en las calles, desempleados en el metro  confirmando en cada paso la necesidad de luchar porque nuestro país cambie. Mejore, no para unos; para todos.  “¡y de repente!”, o quizá no tan de repente, pero la sociedad mexicana va teniendo conciencia de los alcances de su organización.

Y por ello, “de repente”, aguantaron horas bajo el sol, caminaron kilómetros, cantaron hasta la disfonía, gritaron hasta desgarrar sus gargantas y sus almas, y “de repente” supieron que estaban haciendo bien:

que todas las luchas son la misma lucha y que todas debían de estar unidas.

Esta exposición no pretende ser más que la ratificación visual de lo que, a nuestro entender, queda en evidencia en las manifestaciones del domingo 26 de Junio:

Que el pueblo mexicano no aguanta más. Que ante las injusticias levantaremos la voz. Que la lucha es contra el poder sinsentido y tomado por la fuerza; que excluye, reprime, violenta y mata.

Pero más que eso, nuestro objetivo es dar cuenta de las personas que asumen, en estas y otras manifestaciones, el compromiso ético de no permanecer inertes y hacer pequeños sacrificios por formar parte de un gran esfuerzo.

Desmitificar que los que allí nos congregamos tenemos fines políticos, económicos, personales o laborales (dicho sea de paso, que este programa es ajeno y no ha recibido dadiva alguna por parte de partido político, líder sindical o “minoría” alguna. Valga la ironía).

Desmitificar que en estas manifestaciones nos orienta la violencia, el daño a los terceros y la provocación al orden establecido; ya lo dicen los puertorriqueños Calle 13:

“los problemas no se dan por sentado, y más cuando hay violencia por parte del Estado”.

Convidar a quienes por desinformación, terca apatía o precoz desesperanza, asumen antes de luchar presagiar las peores tragedias e inferir las más lastimosas ofensas contra quienes sí lo hacemos.

Para concluir reflexionamos que en una época de íconos e imágenes apabullantes  cobran relevancia las de los imprescindibles, como aquella que circulaba en redes, de cuando Salvador Allende dijera: “Si no vas a luchar, cuando menos ten la decencia de respetar a quien sí lo hace”.

 

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