Soy un miserable, no siempre lo he sido pero nunca dejaré de serlo. Me agobia el presente y maldigo constantemente el futuro porque para mí no existe. Estoy arruinado y enfermo, vivo en la calle, en la lluvia, en la noche, en la soledad y la más profunda pobreza. Si alguna vez tuve algo, de ello sólo quedan recuerdos. Mi alma se perdió en los llantos pretéritos. La lluvia cada vez me golpea con mayor violencia y he perdido casi todas las sensaciones, excepto aquella que percibe el dolor. Las miradas de las personas me tienen sin cuidado, su lástima ya no causa estragos en mi persona de la misma forma que su desconfianza me importa un carajo. No lloro, dejé de hacerlo hace mucho. Prefiero maldecir y pensar que mientras más humillados y ofendidos seamos, mientras más crezcan los miserables, mientras más se abalancen los cadáveres a nuestro alrededor, tendremos la posibilidad de destruir todo aquello que nos destruye. Destruiremos las estatuas y los edificios, los parlamentos y las leyes, quemaremos las multinacionales y a todos los que decidieron nuestros destinos. ¡Nosotros, los muertos, las cenizas, el polvo, el odio, el olvido, crearemos vida!

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