(Cuento finalista en el Primer Concurso de Cuento de Los Heraldos Negros)

Por Arturo Ortega

Hay golpes en esta vida, sí; golpes que no te derriban pero te lastiman, te gastan y poco a poco te consumen. Terminas siempre moribundo, deseando escapar por el ventanal. Me despierto con la misma idea de todos los días, pero con una nueva y sólida convicción. Me siento al filo del colchón y alzo la vista para enfocar el reloj de mi cuarto. Mediodía.

Me levanto por fin, camino a la cocina, me sirvo una taza de café y salgo al balcón para fumar un cigarrillo. Desde aquí puedo ver el Palacio de Bellas Artes. Recuerdo todas las veces que lo visité, todas las obras que ahí contemplé y las pocas que compré con emoción. No hay nada como pasar una tarde vagando por las calles del Centro; siempre hay algo nuevo que ver, algo usado que comprar, algo viejo que contemplar y alguien ajado a quien conocer.

Escucho el cantar de las aves, los motores de los autos que recorren el Eje Central, los gritos de los vendedores que buscan llamar la atención de los pasantes. Quiero salir de este apartamento; bajar a las calles que rodean el Palacio. Quiero ir y conocer personas, quiero encontrar razones para seguir escribiendo, para publicar uno de esos libros que se pudren en mi sillón, para dar una última conferencia. Me aterra el mundo de hoy, me lastiman esos recuerdos negros; golpes que nos hacen probar a la muerte, que le permiten a la muerte calar nuestro temple.

Acerco mi mano a la cajetilla. Vacía; sé que he de salir a conseguir más cigarrillos para sobrellevar el sopor de la naciente-tarde-creciente. Me visto, un pantalón café que aseguro con un cinturón de cuero negro; protejo mis pies con los mismos calcetines de rombos que me quité la noche anterior, me calzo un par de zapatos negros de charol y elijo como prenda superior una camisa gris satinada. La abotono, le pongo un saco encima, tomo un sombrero del perchero y salgo de mi departamento.

Al llegar al elevador me encuentro con mi vecina del quinto que sale para llevar a su hijo a un curso sabatino, ella me ve y me dedica una sonrisa obligada mientras, muy discretamente, esconde a su pequeño por detrás de su pierna. Cuando uno llega a viejo la gente no tiene más para ofrecerle que cortesías; comportamientos forzados de etiqueta para no desencajar en sociedad. Planta baja, doce con cincuenta.

—Hola, Pedro —saludo al portero—, ¿ha llegado ya el periódico?

            —Don Joaquín, buenos días. Aún no lo pasan a dejar, creo que no tardan.

Hago un ademán para avisar que no tardo en volver. Bajo por las escaleras al estacionamiento y me acerco a mi camioneta. Saco de la parte trasera de mi pantalón un reloj de bolsillo, asegurado con una cadena de oro a mi cinturón. La agenda transcurre según lo planeado. La una y doce.

Meto la llave en la puerta del vehículo y la abro para entrar, sin prisas, a la camioneta. Me relajo por aletargados minutos en el cómodo asiento del conductor. Abro la guantera y veo un rayo de esperanza; una cajetilla un poco magullada reposa por encima de los CD. La abro con ilusión para encontrar un solo cigarro que está acomodado al revés… —El de la suerte; me habría explicado años atrás mi amigo Ángelo. Sonrío, tomo el cigarrillo entre el índice y el pulgar y lo llevo a la altura de mi nariz: —Así que de la suerte, ¿no? —Susurro—. Veamos qué tan afortunado me haces este día.

Aprehendo el cigarro con mis labios y lo enciendo con los cerillos que encuentro en el tapete del copiloto. Me quedo a fumar ahí; en el asiento en la camioneta en el estacionamiento del edificio de condominios con vista al Palacio de Bellas Artes. Disfruto tanto el cigarro, pues si bien no sabe a suerte, sabe a realización. Al terminar de fumar lanzo el cadáver por la ventanilla del copiloto y pongo en marcha el motor. Conduzco sobre Eje Central hasta llegar a la tienda; estaciono el auto y entro en el establecimiento.

Me dirijo directamente al pasillo de los alcoholes, tomo de ahí una botella de tinto, Casillero del Diablo. Camino sin distraerme hacia la caja de cobro. Las dos en punto.

—Deme dos Marlboro rojos, por favor —le digo a la cajera—, y un encendedor.

—¿Tarjeta de puntos?

—No—, mi puntaje en esta vida roza peligrosamente la recta final.

—¿Alguna recarga?

—No, gracias—, no soy partidario de las tecnologías actuales.

—¿Desea redondear?

—Claro, ¿por qué no? —esos centavos no quiero cargarlos en el bolsillo.

—Son setecientos pesos, señor. ¿Paga con efectivo o tarjeta?

—Tarjeta—, una carcajada cínica hace eco en mi cabeza.

El muchacho con el delantal anaranjado pone la botella de vino y una de las cajetillas en una bolsa; yo meto la otra junto con el encendedor al interior de mi saco. Le doy al joven todo el cambio que llevaba en el pantalón —no más de quince pesos, seguramente—, y tomo rumbo hacia el estacionamiento. No pierdo el tiempo en nimiedades y conduzco de regreso con rumbo a mi hogar. Llego por fin al edificio, estaciono la camioneta, tomo la bolsa del asiento del copiloto, salgo del auto, subo por las escaleras.

—¿El periódico, Pedro?

—Aquí está, señor. Que pase buena tarde.

Intercambiamos cordiales sonrisas, tan breves como llenas de hipocresía. Entro al ascensor.

Cuarto para las tres, según mi reloj.

Salgo del elevador agradeciendo el no haberme topado con nadie y camino aliviado hacia la puerta de mi departamento. Entro y me desplazo a la cocina, ahí saco la botella de la bolsa y la dejo en la mesa. Abro la puerta de la alacena y tomo una copa de cristal adornada con cintas de plata. Pongo la copa a un lado del vino. Saco la cajetilla abandonada de la bolsa del súper, la bolsa al bote de basura, la cajetilla a la mesa de centro de la sala, junto con el cenicero de marfil. Dejo todo preparado y me dirijo a mi habitación. Saco del cajón de mi ropero unos bóxers, un par de calcetines y una camiseta blanca de tirantes. Cojo una toalla y mis Crocs, aún húmedos, junto con unas pantuflas aterciopeladas. Llevo todo al baño.

Dejo que corra el agua caliente mientras me desvisto. Pongo el reloj de bolsillo a un lado del lavamanos.

Me desnudo. Dejo la ropa sucia doblada a un costado del inodoro. Calzo los Crocs y me posiciono por debajo del chorro de agua caliente. Jabón aplicado con una esponja, champú esparcido en mi cabello con mis manos que tuvieron siempre vocación de estilista. Cierro el paso del agua y salgo de la ducha. Me paro frente al espejo y comienzo a arreglarme. Con crema de afeitar y navaja de barbero me quito todo rastro de vello facial y me aplico loción. Me lavo los dientes, y me pongo desodorante y perfume. Me visto sólo con camiseta, bóxers, calcetines y pantuflas. Recojo la ropa sucia y salgo del baño, llevo las prendas al cuarto de lavado y las dejo encima de la lavadora. Regreso al baño para rescatar mi reloj de bolsillo y camino a mi habitación.

El reloj, en punto de las cinco.

Voy a mi ropero y saco una camisa blanca, una corbata roja y el mismo saco negro de la mañana, en juego ahora con el pantalón de vestir. Plancho el pantalón y la camisa. Me visto y me miro en el espejo de la pared… —Hola, ¿qué tal, pingüinito? —de nada sirve recordar los amores, las despedidas, las noches de excesos y las de melancolía. Hubo muchas mujeres en mi vida y al mismo tiempo fue una sola. Eso no importa ya; dejó de importar el día en que dejó de ser.

Voy despacio hacia la sala, tomo el control remoto, quito del sillón unos cuantos bonches de textos y periódicos, me siento y enciendo el televisor. De mi saco tomo la primera cajetilla. No pasa más de un minuto sin que a mi boca le falte un cigarrillo encendido; al paso de media hora, la sala se encuentra inundada con un humo denso, gris y amargo.

Son casi las siete cuando abro la segunda cajetilla.

—Es hora del vino, querido —dice una voz suave e inocente anidada en mi cabeza—, es hora de París.

El dolor, en esta vida, es inevitable, pero el sufrimiento es una opción. Lo que no te mata, seguramente lo intentará de nuevo. No puedo darle el gusto a nadie de verme sufrir; de ver mi dolor. A estas alturas del partido no puedo darle la vuelta al marcador, sólo puedo esperar.

Entro a la cocina, agarro la botella y la descorcho con ayuda de un sofisticado aparato; regalo de Navidad de mi hijo mayor. El regalo que te espera, campeón. Casillero del Diablo en mano izquierda, copa de cristal en la derecha, me dirijo de regreso a la sala; Owen Wilson le explica a Rachel McAdams lo hermoso que sería vivir en París, en los años veinte. Pletóricas copas de vino, inmensas bocanadas de humo; así es como termino con el vino y los cigarrillos. Llevo todo a la cocina. Vacío el cenicero y lo pongo en el lavatrastos junto con la copa, dejo la botella vacía a un lado del cesto de basura, repleto de colillas podridas de cigarros, latas marchitadas de cerveza y escaletas infecundas de novelas olvidadas. Lavo la copa y el cenicero.

Tomo un trapo y lo humedezco, voy con él a la sala y limpio la mesa de centro. Pongo los papeles viejos de vuelta en el sillón y llevo el trapo a la cocina. Todo en su lugar.

Miro de nuevo por el balcón, la Luna por encima del Palacio de Bellas Artes.

Un acompasado tic-tac me murmura que pasan de las diez.

            Me acomodo la corbata.

Lanzo el reloj de bolsillo por la ventana.

Una silla, por debajo de mis pies, choca violentamente contra el suelo.

La cuerda sigue tensándose.

Mi vista se nubla poco a poco.

Hay golpes en la vida… ¡Yo ya no quiero saber!

roto

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