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Las revoluciones no sólo intentan cambiar los paradigmas de una época y, con ello, a la sociedad entera, sino que, simultáneamente, en el mismo proceso se reinventan. De ahí que los hombres y mujeres que les toca ser partícipes de una revolución, y tomar entre sus manos responsabilidades históricas, acumulen experiencias individuales y colectivas que, simplemente, los transforman. Al mismo tiempo, los métodos de lucha mutan, es decir, cambian, ya sea que se adapten o muestren su total anacronismo. En este caso, la Revolución Cubana fue un proceso que pudo avanzar más allá de límites conceptuales y teóricos, también demostró una gran capacidad para desarrollar nuevas prácticas políticas y métodos de lucha tradicionales en un escenario político muy peculiar.

Una revolución social exige de los hombres y mujeres un profundo compromiso con la sociedad y con el porvenir, solo de esta forma es posible materializar la transformación de una sociedad. Pero, a su vez, exige una profunda experiencia pasada, ya sea vivida o recordada.

En el caso de la Revolución Cubana, que se ha erigido como el paradigma de las revoluciones y de la liberación nacional en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX, es perfectamente observable la adaptación de nuevos métodos de lucha con formas tradicionales de la clase obrera y del campesinado, es decir, de la experiencia surgida a partir de la Revolución de Octubre de 1917 y de las diferentes Revoluciones Chinas, principalmente de la última, que concluyó con la victoria del campesinado dirigido por Mao Tse Tung.

Sobre la Revolución Cubana es posible observar una serie de elementos que se van transformando, por ejemplo la actividad guerrillera como intento directo de terminar con la dictadura de Fulgencio Batista en el ámbito rural y campesino.[1] Pero a su vez, dicho proceso se vio reforzado, y logró generar un movimiento urbano, con el M-26 de julio. De hecho, la lucha armada concluyó con la entrada de los revolucionarios a La Habana, a la par de la realización de una huelga general. Sin embargo, este proceso, como cualquier revolución, se vio inmersamente influido por las circunstancias en que emergió y por la organización de sus opositores. Así, en un primer momento el movimiento luchaba contra la dictadura batistiana, al igual que por libertades democráticas. Posteriormente, ante la invasión de mercenarios financiados por la CIA en Playa Girón, la articulación de un proyecto socialista de revolución fue posible y, con ello, una radicalización del mismo, con futuras alianzas con la Unión Soviética.

El comandante Ernesto Che Guevara no se equivocó al afirmar que “Cuba, es la vanguardia de América y deberá hacer sacrificios porque ocupa el lugar de avanzada, porque indica a las masas de América Latina el camino de la libertad plena.”[2] En este sentido, la Revolución Cubana no es únicamente una fuente de eterna inspiración para los proyectos de liberación nacional, y no sólo lo ha sido desde la década de los sesentas, en general con una política exterior que ha permitido al pueblo cubano ganarse la simpatía de otros pueblos, principalmente en países africanos, como Angola o el agradecimiento abierto de Nelson Mandela.

Sin embargo, existen múltiples diferencias en la revolución actual. Uno de los aspectos más importantes es que las revoluciones de no seguir su curso y de no profundizar en sus procesos de liberación, tienden a generar desmoralización, que se ve seguida por un descrédito o, por lo menos, por una falta de apoyo de las masas con respecto a la dirección.

La Revolución lleva 56 años, lo que ha permitido que generaciones enteras crezcan bajo ése régimen, sobre todo los más jóvenes que han vivido únicamente el “periodo especial” y sus consecuencias. Por eso, ante los ojos de algunos de ellos, ese proceso sólo representa una sociedad con contradicciones sociales y desigualdad social en aumento.[3] Para los participantes de 1959 que aún viven la revolución fue un cambio abismal, que les dio derechos que antes les eran negados como la educación y la salud, la participación política, y les devolvió la dignidad al saberse y vivir como un pueblo libre y haber expulsado al imperialismo estadounidense de su isla. Pero ese fervor no puede durar eternamente anclado en el glorioso pasado, sino que necesita de un presente que motive y lleve a la población a pensar en el porvenir, antes que en el beneficio individual. Entonces, como los jóvenes no han sido los principales observadores del proceso revolucionario, es mucho más difícil para estas generaciones convencerse de seguir una revolución de la que sólo ven una parte—y quizás no la mejor— y no un proceso histórico complejo.

De cualquier forma la Revolución Cubana ha representado un avance monumental en los aspectos de educación, salud, cultura y deporte, incluso muy superior al de otros países capitalistas de América Latina. Sin embargo, las recientes reformas implementadas desde la cúpula del gobierno cubano, esto es, desde la dirección del Partido Comunista Cubano, han efectuado una serie de aperturas comerciales. Estas medidas han generado mejores condiciones para la inversión de capital extranjero en la isla y la posibilidad de pequeños negocios para los mismos cubanos y, por otra parte, el despido de 2 millones de trabajadores.[4] Lo que se hace evidente actualmente no es sólo la incapacidad de los dirigentes para resolver los problemas que se presentan, sino la incapacidad misma de apoyarse en otros proyectos provenientes de la población.

Respecto a la burocracia, ésta juega un papel fundamental en la orientación de la Revolución: es el pilar sin el cual se habría derrumbado desde hace varios lustros. Pero a su vez, es también su peligro. Recordemos el proceso soviético a manos de los “camaradas” del Partido Comunista de la Unión Soviética y la restauración del capitalismo. Pese a ser ejemplos de burocratización[5] del Estado y la sociedad son distintos, surgidos de revoluciones muy diferentes. Aunque generan los mismos peligros: la restauración de las formas capitalistas de producción en la sociedad, y con ello la sepultura de la Revolución Cubana.

En este caso el proceso iniciado desde 1953 y vigente hasta nuestros días, se presenta como una revolución a la expectativa, con una serie de especulaciones sobre el porvenir debido a las fluctuaciones del entorno en el que se mueve. Es decir, a las fluctuaciones del mercado, principalmente de los países con los que tiene comercio que no ha sido impedido por el bloqueo estadounidense y, por otra parte, por la misma salida que pueda dar por la sociedad cubana al respecto.[6]

Para los revolucionarios rusos de la Revolución de Octubre, ésta representó en Europa una continua esperanza. De hecho, pensaban que a partir de revoluciones en distintos países europeos se podría expandir la revolución socialista en occidente y consolidar la propia. En el caso de la Revolución Cubana, ha generado miles de esperanzas en un futuro distinto que tiene algo que decir desde la misma América Latina. Pero un porvenir que no es únicamente una reproducción vulgar de los valores de occidente, sino que tiene valor por sí mismo al inventar y generar una visión americana del futuro. En este caso Cuba, para sostenerse, tuvo que expandir su proyecto o, por lo menos, intentarlo en África y América.

De la misma forma como las revoluciones que se expandieron posteriormente a la Primera Guerra Mundial fueron frustradas, en América Latina durante las décadas posteriores a 1959 los intentos de revolución socialista o de revolución social, inspiradas en la izquierda, fueron frustrados e incluso suplantados por dictaduras militares. Sin embargo, la única forma de asegurar las conquistas sociales cubanas es con el apoyo y la expansión de proyectos similares por el continente.

En las últimas décadas, en América Latina ha tenido lugar un reflorecimiento de los procesos de izquierda, ya sea en su versión bolivariana venezolana, o en su versión de gobiernos progresistas (algunos inspirados incluso en el neoliberalismo como los gobiernos del PT en Brasil con Rouseff y Lula Da Silva), o gobiernos como el de Tabaré Vázquez y José Mújica en Uruguay, el de Manuel Zelaya que fue derrocado en Honduras, Rafael Correa en Ecuador y, sobre todo, el gobierno de Evo Morales en Bolivia con un movimiento de masas indígena. En este sentido, en América Latina ha habido un resurgimiento y renacimiento de la izquierda, desde gobiernos y presidentes que hablan abiertamente de socialismo hasta quienes sólo apoyan tímidamente proyectos de liberación.

Dicho proceso se ve, además, permeado por una influyente capacidad de articular proyectos alternativos al imperialismo estadounidense. En este contexto, la Revolución Cubana cuenta con nuevos aliados americanos, países que, como Venezuela, son capaces de defender las conquistas de la revolución y con ello, impulsar sus propias experiencias. Sólo esta integración latinoamericana es capaz de garantizar, por lo menos en los próximos años que ese proceso no caiga en manos del imperialismo estadounidense o de otro tipo. Lo que no excluye que pueda haber abiertamente, debido a la mismos errores de la propia burocracia y de los estatistas, un reflorecimiento o, en todo caso, un restablecimiento de las relaciones capitalistas.

La revolución nunca está garantizada, de hecho  su triunfo depende de los  impulsores o detractores y enemigos. Por ello, este es un faro que ilumina las aspiraciones de un pueblo y de un continente que ha estado en una lucha constante por su liberación y por su libertad, que les ha sido negada y arrebatada a punta de balazos, racismo y opresión por los grandes países capitalistas y sus trasnacionales.

En este contexto vale la pena recordar las palabras de Ernesto Guevara: “para construir el comunismo simultáneamente con la base material, hay que hacer al hombre nuevo”.[7] Este  hombre nuevo necesita de un estímulo moral que regrese la esperanza de un pueblo y que alcance a dimensionar su acción política y, con ello, democratice y cambie los elementos de su sociedad que no están acordes con su realidad. Y así solucione por sí mismo y proponga a la vez, respuestas viables a su situación particular. Tarea que desde hace tiempo se han impuesto e intentan resolver.

¿Por qué defender la Revolución Cubana? Porque es la expresión viva del pasado, de la esperanza permanente y porque en una época tan efímera como esta, nos obliga a poner, junto a ella, nuestros ojos en el futuro, en un futuro no de constantes desgracias, sino uno de infinitas posibilidades.

 

[1] Alberto Prieto, Las guerrillas contemporáneas en América Latina, Bogotá, Ocean Sur, 2007, pp.43-49.

[2] Ernesto Che Guevara, “El socialismo y el hombre nuevo”, en El socialismo y el hombre nuevo, 11ª ed., México, Siglo XXI Editores, p.15.

[3] “la veloz construcción de una clase capitalista nacional asociada al capital extranjero combina un control burocrático de la economía y de toda la vida nacional por un partido único ultracentralizado y dirigido desde el vértice, con el libre desarrollo de la acción del mercado capitalista”, en Guillermo Almeyra, “Aún es posible evitar el capitalismo en Cuba”, en La Jornada, 6 de octubre de 2013. En línea: http://www.jornada.unam.mx/2013/10/06/opinion/021a1polConsultado el 10 de julio de 2014.

[4] Guillermo Almeyra, “La Revolución Cubana, en peligro”, en La Jornada, 31 de mayo de 2009. En línea: http://www.jornada.unam.mx/2009/05/31/opinion/014a1pol Consultado el 4 de julio de 2014.

[5] Por burocracia se entiende aquí, a aquel grupo social que es capaz de realizar funciones correspondientes a un Estado y tomar medidas como grupo social que repercuten en la sociedad. En sociedades burocratizadas, este grupo social es capaz de erigirse como dirigente, con sus propios valores, intereses e incluso objetivos sin que esto vaya en contra, necesariamente, de un proceso revolucionario. En las revoluciones socialistas la burocracia se desarrolla con especial rapidez, dado que el Estado pasa (o intenta) suplir las funciones de particulares y burócratas al servicio de la clase dominante, en estos casos la burocracia representa un acelerado ascenso social y, al mismo tiempo, un mayor control político.

[6] Para esta última idea véase, Guillermo Almeyra, “El peligroso camino chino de Cuba”, en La Jornada, 11 de mayo de 2014. En ´linea: http://www.jornada.unam.mx/2014/05/11/opinion/018a1pol y “El peligroso camino chino de Cuba/II”, en La Jornada, 18 de mayo de 2014 En línea: http://www.jornada.unam.mx/2014/05/18/opinion/016a2pol Consultados en julio de 2014.

[7] Ernesto Che Guevara, op. cit., p.7.

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