Me salí de casa a los 14, no podía entender el sistema, la gente, los que se proclamaban mis padres, aquellos que amo, seguro que me dieron el ser, pero después me quisieron dar también una forma de vida, un cuento, su propio cuento y eso sí que era un problema. Conocí la muerte el día que me salí de casa, el viejo que me enseñó a dormir en los recovecos de los edificios abandonados murió esa misma noche, por cierto con una sonrisa en la cara, fue ese momento donde lo comencé a entender.

La cuestión es que todos los demás abandonados de la calle lloraban la muerte de aquel viejo, mientras yo no podía dejar de sonreír, claro que me vieron como un anormal, igual que en la escuela cuando los maestros preguntaban cual era la solución al problema matemático y les decía que el infinito en sí mismo era la solución, creo que jamás lo entendieron, me miraron horriblemente, como en la iglesia cuando en vez de dar la paz con la mano quería abrazar a la gente, como cuando en vez de tomar la ostia me comía un chocolate, dándole las gracias a mi Dios por tan increíble cosa, ¡en verdad que el chocolate era algo de otro mundo!

Tenía ganas de correrlos a todos, de decirles que se fueran al carajo, que por favor respetaran la sonrisa del viejo, que dejarán de llorar, que él estaba en todos lados y que lo menos que quería era una corte hipócrita, no lo conocí, solamente ese día me vio vagando por las calles y con una gran sonrisa benévola me invitó a conocer el edificio donde él y otros 50 vagos se quedaban, me contó que se salió de casa a los 17 años, justo cuando se dio cuenta que el techo era su verdadera cárcel y me juró por Dios que jamás fue más feliz que la vez que lo hizo, en realidad el viejo tenía una casa, era un pequeño departamento, a unas cuadras del edificio abandonado, sin embargo ahí no había nadie con quien compartir, tampoco había aventuras que vivir, parecía algo idiota, o digno de locura, pero lo comprendía perfectamente, las paredes lo aprisionaban, le recordaban un sistema que quería olvidar.

Le recordaban su propio problema, su propia prisión, verán, el apartamento que tenía, se lo había regalado otro viejo, justo antes de morir hace aproximadamente 15 años, un viejo que decidió ir a morir a la calle, lejos de su casa, lejos de su familia, que se encontraba muy preocupada repartiéndose los logros de aquel señor formidable, fue a morir como mueren los animales que cazan, en un rincón pequeño del edificio, asistido por otro cazador (es decir el viejo que a mi me había recogido aquel día que me fui de mi casa), antes de morir, el señor moribundo le dio a mi amigo las llaves de un departamento, aquel emocionado por el regalo sintió que su vida iba a resolverse enseguida, sin embargo, una semana solamente bastó para que se sintiera encerrado y triste por la injusticia de su propia suerte, fue entonces que decidió llevarse a todos sus amigos a vivir al lugar, pero eso no resultó, todos se peleaban por llevar el control del lugar y trataban de correr a nuevas personas que iban en busca de refugio al departamento, hasta que echaron a nuestro amigo del inmueble, poco tiempo más adelante, todos fueron desalojados y regresaron a las calles, el departamento se entregó legítimamente a nuestro amigo, dado que legalmente era suyo sin embargo él jamás lo volvió a ocupar, al parecer solo en las calles la gente tenía solidaridad.

El problema era que nadie entendía que el viejo murió iluminado y feliz, que murió como la biblia dice, lleno de días y de experiencias, que murió tras perseguir a las palomas, sonreirle a los niños y disfrutar de verdad los baños que de vez en cuando se podía dar, el problema jamás fue la pobreza supuesta, el verdadero quid de la cuestión era que nadie, ni siquiera yo en ese momento lo llegué a entender, pues mis pensamientos fueron cortados cuando mis padres me encontraron en aquel edificio y quisieron encerrarme en un manicomio, argumentando que ese era el colmo, no se explicaban como ellos podían ser tan normales, preocupados solo por sí mismos y por sus escaseces y yo no podía dejar de ver al mundo, de ser un soñador, de ser utópico y francamente desesperante. Tuvieron que pasar muchos años para que comprendieran, y lo hicieron justo cuando mis hermanos tenían todo lo que ellos habían querido tener y no eran ni siquiera un poco más felices que ellos. En mi caso, bueno, me olvidé de esa noche en la que vi morir al viejo hasta hace unos días, ahora mismo estoy en ese edificio donde el murió y aún veo su sonrisa, me acabo de salir de mi departamento y en realidad, no sé si vaya a volver.

 

No pretendamos, no pretendamos no pretender, no queramos ser, veamos y vamos a dejar que nos vean...

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