Sus ojos son tan grandes como el horizonte que se alcanza a ver en el mar, como la redondez de la tierra, capaces de mirar calmadamente al océano y encantarlo. Su canto es tan dulce como la noche, vienen recuerdos en forma de suspiros, acompañados por exactas notas musicales agudas, agudas, que crean una melodía perfecta que se repite hasta el cansancio. Las olas siguen su canto guiadas por el sonido, el mar calla y también sigue sus pasos. El arrebol de sus labios es el mismo que el de las nubes cuando ya se empieza a extrañar al sol, brillan intensamente, iluminando los caminos que va forjando en el agua, como si fuera un pequeño sol marino. Su cabello se extiende azarosamente al nadar y, al salir a la superficie, altera el vuelo de las aves que buscan un lugar para observar detenidamente el color rojo de su cabellera, sin susurrar nada. Los pescadores dicen que es un color rojo imposible de describir, pero encantador, como el rojo de las rosas al retoñar; también dicen que es rizado, como los remolinos de agua y con vida propia. Su aroma se expande como ahora lo hace el universo, el viento jamás podrá desprenderse de él, ni aun cuando muera, ella, él, yo. Su hermoso cuerpo es embellecido por la luz lunar, la baña y la besa, la acaricia, como nunca podrá hacer un hombre, como nunca lo ha hecho nadie. Me besa y se aleja.

Un pescador me dijo que sólo se le puede ver una vez en la vida. Tendré que esperar. Las olas centellean, la lluvia cae en el inmenso mar, la luna, la luna no cesa de iluminar, y yo, yo de recordar.

 

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