En Ocoxaltepec, un pueblito del municipio de Ocuituco en Morelos que fue afectado por el pasado sismo del 19 de septiembre, me di cuenta que más que una necesidad por daños del sismo, que sí la hay, también hay una necesidad permanente, de la que sabemos que existe en muchas partes de México, pero que no alcanzamos a sentir propias.

Llegamos al pueblo cerca del mediodía. La gente ha sido advertida de desalojar su casa, pero ¿a dónde van a ir? ¿Qué van a hacer con lo poquito que tienen y que les ha costado años de trabajo conseguirlo? ¿A dónde se van a llevar sus animales? Sus borregos y gallinas. “Ellos no piensan en eso, se les hace muy fácil decirnos que desalojemos.” Estos son algunos comentarios que recogíamos con vecinos de Ocoxal mientras caminábamos para dejarles víveres y cobijas.

La gente, aunque con una mirada cansada, estaba contenta de que fuéramos a verla a sus casas, era como si con una sonrisa nos dijeran: “¡Sí, soy yo, somos nosotros, este es nuestro pueblo y también existimos!” Era como si nos conociéramos, como si nos reencontráramos.

Desafortunadamente se necesita una gran sacudida para verlos. Ojalá también se sacudan nuestra mente y nuestro corazón, de hoy en adelante.

Mientras regresábamos de dejar acopio en una casa de adobe que se había derrumbado, el dueño nos alcanzó apresurado, era un señor de unos 60 años cargando un bote lleno de aguacates, nos detuvo y nos regaló aguacates a cada uno de nosotros en agradecimiento. Un regalo que cuidamos todo el camino hasta llegar a casa.

Cuando terminamos, Héctor, un joven de Ocoxal con los zapatos rotos y enlodados y con su guadaña en mano, nos preguntaba si queríamos ver la fractura que el sismo ocasionó en el cerro, prometiendo que también veríamos una cancha de fútbol en la cima, donde se juega cada domingo. Nosotros, jóvenes y sin medir los riesgos, no dudamos en seguirlo. Después de unos cuántos metros, algunos ya no podíamos y sólo llevamos una botellita de agua que no duró nada, pero Héctor tenía razón; valía la pena subir. La cancha estaba rodeada de árboles; por una lateral podías ver el pueblo y por la otra veías hermosos cerros, no puedo ni imaginarme qué buen espectáculo puedes presenciar los domingos. Lástima que ya no se podrá jugar más ahí.

Con lo que nos decepcionamos un poco fue con la fractura; parecía una pequeñísima grieta de las que se hacen en la tierra por falta de agua. Bajamos de nuevo al pueblo, pero ahora rodeando el cerro, entonces sí, ahí vimos la gran fractura de la que hablaban los ingenieros y el ejército. Quedamos impresionados, aunque sólo alcanzaba los 45 centímetros de ancho en algunas partes; dejaba huella de la fuerza de la naturaleza.

Héctor pasó a una cisterna en donde se almacena el agua del manantial para ser distribuida, la abrió y llenó nuestra botellita; don Plácido, el señor que nos guiaba por los diferentes municipios, se acercó a un árbol y cortó manzanas para todos, estaban feas, pero sabían muy bien; estamos muy acostumbrados a los transgénicos. A la belleza superficial.

Subimos a la camioneta para bajar al palacio municipal de Ocuituco, en el camino vimos a la gente a la orilla de la carretera, luego de una curva más gente; niños, adultos y adultos mayores, todos estaban a la orilla esperando a que algún automóvil se detuviera y pudiera darles algo de víveres.

Nos detuvimos sólo dos veces, la segunda no pudimos controlar la situación, niños apretándose contra la camioneta para pedir una despensa, les dimos lo último que teníamos, pero siempre los niños eran rebasados por las manos de los adultos. Yo estaba al frente; podía ver sus caritas de desesperación y sus gritos de enojo cuando veían pasar las bolsas por encima de su cabeza. No alcanzaron despensa, sin embargo, más autos de civiles ya comenzaban a pararse para dejar víveres.

No cabe duda que la organización del pueblo es quien está rescatando a los estados y a la ciudad de esta tragedia, pero también debemos reflexionar en que aquellas personas en provincia, que ahora les llamamos damnificados, se despertarán dos o tres meses después y verán su misma casa, su misma ropa, la cobija que alguien donó hace tiempo, sus zapatos rotos… y su mesa vacía.

La situación de damnificados no es sólo debido al sismo; hay una pobreza permanente en la que muchos pueblos y colonias de México viven, con grandes daños que han sufrido no sólo hoy, sino toda su vida; venía pensando eso de regreso a México, cuando llegué a Ecatepec vi a las personas limpiando los parabrisas, subiendo al trasporte público para vender dulces; levanté la mirada hacía la Sierra de Guadalupe… y supe que no tenía que ir tan lejos para conocer de cerca la pobreza, pero sí tuve que ir tan lejos para hacerla propia.

Ahora…
Manos a la obra, por ellos, por nosotros; por todos.

 

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