Por Alí J. Anguiano Villeda

Estudiante de 3° grado de Secundaria. Técnica 53

El México prehispánico tenía una concepción diferente sobre la muerte, en comparación a la que actualmente conocemos y que obedece al catolicismo. Se sabe que estas civilizaciones practicaban el culto a la muerte desde el año 1800 a.n.e.

Los antiguos y maravillosos pueblos de Mesoamérica no creían en un cielo como recompensa o en un infierno como castigo. Ellos suponían que los difuntos podían asistir a tres lugares distintos por el tipo de muerte que habían sufrido. Uno de ellos es el lugar de los muertos, comúnmente denominado “Mictlan” o inframundo, éste era el destino de las personas que habían padecido una muerte natural o que no estaba relacionada con el agua. No obstante, “era el lugar de las almas no elegidas por los dioses, quizá por eso los españoles le dieron la interpretación de infierno”.[1]

Cabe comentar que el inframundo estaba conformado por nueve niveles que tenía que recorrer el alma del difunto durante cuatro años, hasta llegar al lugar  del descanso eterno o a la “Obsidiana” de los Muertos. Al ser un recorrido extenso, se acostumbraba enterrar a la persona con un perro de cerámica, simbolizando que éste sería el guía del recorrido. “Hay que decir que los pueblos prehispánicos que habitaron en el territorio, que actualmente es México, tuvieron un profundo y continuo culto a los antepasados y que éste se manifiesta de distintas formas: en el tratamiento que se le daba al cuerpo al morir, en las ofrendas que se hacían en el entierro para que los difuntos pudieran hacer su viaje al inframundo.”[2] Otro de los sitios era el “Tlalocan” o paraíso de Tláloc, el Dios de la lluvia, éste les correspondía a los que morían ahogados o por un rayo y a los enfermos de gota y lepra.

También encontramos el cielo, donde residían los dioses “Cihuatlampa” y “Mocihuaquetzque”. Este lugar le pertenecía a las mujeres que morían en parto, ya que, se consideraban guerreras por el hecho de morir dando a luz y de igual manera los guerreros que morían en combate asistían a este espacio.

Me llama la atención la importancia que tenía la muerte, para estos pueblos y lo podemos apreciar claramente en que ellos, principalmente la cultura mexica, practicaba los sacrificios humanos para mantener el equilibrio entre la humanidad y el universo, puesto que ellos consideraban que la muerte es vida. “Por sí misma Mesoamérica era un mundo histórico”.[3]

El pensamiento mesoamericano en comparación con sus contemporáneos era, me atrevo a decir, más avanzado. Prueba de ello se encuentra en la astronomía. Su forma de ver la vida después de la muerte es muy distinta y sofisticada, pero todo tiene un fin. Tras la conquista de México-Tenochtitlan, en el año de 1521 d.n.e., surgieron una serie de cambios profundos en la sociedad. “Por encima de la fascinación o del horror que nos produzca debe admitirse que los españoles al llegar a México encontraron civilizaciones complejas y refinadas”:[4] Los españoles sustituyeron las creencias mesoamericanas por la religión católica. Este cambio les costaría muchas veces la vida y la humillación a los indígenas. El nuevo gobierno de la entonces Nueva España, utilizó la religión como un medio de control de masas, como lo hicieron los mexicas.

De esta manera, el gran esplendor prehispánico y más de 3000 años de desarrollo se fueron directamente a la basura e inició una época de abuso y opresión. Lo peor que le pudo pasar a Mesoamérica fue ser conquistada por un pueblo tan pobre en cultura y que sólo le interesaba el poder y dominio, más no su progreso.

A partir de la adaptación de los indígenas al nuevo orden, inicia un desarrollo que genera un grave problema de identidad. Ejemplo de ello es que hoy en día celebramos el día de muertos el 1 y 2 de noviembre, cuando nuestras verdaderas creencias originalmente dicen que dicha celebración se realizaba en el mes de agosto y coincidía con el fin del ciclo agrícola del maíz, calabaza, garbanzo y frijol.

Si nos detenemos a observar nuestro entorno durante la víspera del día de muertos, especialmente el día primero, al caer la noche cientos de niños disfrazados de monstruos pertenecientes a películas extranjeras salen a pedir dulces a las calles de la ciudad, al igual que los niños de Estados Unidos. Se dice que el Halloween ha ganado terreno en México, desde hace varios años. Algo interesante que podemos observar es que el Halloween, siendo una costumbre de raíces celticas (irlandesa) y romana, pasa a ser parte de la comunidad anglosajona y por consecuencia llega a México. No obstante, este choque cultural aporta aspectos de las culturas participantes y México no es la excepción, de igual manera durante estas celebraciones se aprecia en puestos de mercado, disfraces, adornos y, entre otros, la figura representativa de los mexicanos: la Catrina, debido a que en ella se incorporan aspectos prehispánicos y católicos. Esto no es más que el sincretismo al que estuvo sometida la sociedad mexicana.

En la actualidad, los aspectos culturales de nuestro país se determinan por los medios masivos de comunicación que se hallan inmersos y responden a las necesidades y deseos  de la globalización. Los receptores, hoy por hoy, con ayuda principalmente de la televisión, están cambiando o, mejor dicho, han cambiado el concepto de la festividad de día de muertos en nuestra nación.

Estoy convencido de que la sociedad mexicana es como una “esponja” que absorbe aspectos culturales ajenos a los suyos. Sin embargo, en las provincias de México, prevalecen algunos aspectos prehispánicos que se siguen practicando, aunque lamentablemente son pocos los pueblos que las conservan pero que, si no hacemos algo por preservar lo que es propio y distingue a los mexicanos, pueden desaparecer.

La muerte es objeto de fiesta y culto. Lo particular de los mexicanos no radica en el desprecio de la muerte sino en su valoración. “Cualquier contacto con el pueblo mexicano, así sea fugaz, muestra que bajo las formas occidentales laten las antiguas creencias y costumbres.”[5] Estos tiempos son de recuerdo y reflexión.

 

 

[1]“Los pueblos indígenas”, en Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. En línea: http://www.cdi.gob.mx/index.php?id_seccion=42 Consultado en octubre de 2014.

[2] Berenice Alcántara, Federico Navarrete Linares (coords.), Los Pueblos amerindios: más allá del Estado, México, Instituto de Investigaciones Históricas-UNAM, 2011.

[3] Octavio Paz, “Conquista y Colonia”, en El laberinto de la Soledad, México, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 99.

[4]Ibid., p. 98.

[5]Idem.

 

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